TE PIBONISSSOO!

En momentos así tan frenéticos como en el que me encuentro ahora, si veo que no puedo cumplir con una rutina de diosa poderosa (y lo veo perfectamente, para qué mentir), tengo que engañar a mi cerebro con pequeñas tretas para seguir a tope.

¿Que por qué? Porque tengo una mente maquiavélica y perversa. Mi cerebro me llama desde el abismo de la grasa, el alcohol y el desenfreno y me dice: ven tonta, te va a gustar, si total no estas yendo al gimnasio, déjate llevar al mundo de nunca jamás (serás sana). Sí, toma, fúmate un cigarro absurdo mirando al infinito y quéjate de lo mucho que echas de menos el deporte mientras te comes esos panchitos, jijiji. Ahora encarga una pizza. Te sentirás mejor, créeme. Es muy cabrón mi cerebro, se lo he hecho pasar mal y me la tiene jurada.

Entonces tengo que ser fuerte. Primero, porque al no estar en mi zona de confort fit, con mi gimnasio, mis horarios organizados y demás, es bastante cierto que no estoy haciendo nada y el peligro de dejarme llevar y estar por mi salón en camiseta bata de seda devorando pringles durante meses es una amenaza real. Y segundo porque, hasta cierto punto, me encanta gochear y vaguear. Pero claro, ¿cómo me pongo seria, si no tengo nada con lo que ser seria? No hay deporte, estoy un poco limitada con el tema cocinar y hacer la compra y… cada vez tengo menos ganas (soy humana, ¿vale?).

Pues le engaño adaptándome al entorno cual camaleón y encontrando el modo de verme bien haciendo nada o incluso haciendo cosas que me gustan mucho. Pibonissando la mente, vaya. Estas son esas pequeñas cosas con las que me pibonizo y me engaño un poquito para seguir por la senda del bien:

  • Complementos: hay que llevar complementos, PUNTO.  Me he comprado unos pendientes un poco excesivos y locos, y los estoy disfrutando mucho.  Ya me han preguntado dos personas por ellos. Y yo me siento como una modelo de las que marcan tendencia. Bueno, a ver, que me he venido arriba, me siento un poco más guapa, que no son pendientes mágicos tampoco. No dudéis del poder de los abalorios, joyitas y demás chatarra que embellece. Pero procurad que sea de la que no se pone verde en tres días. Es tirar el dinero si no… (a ver si yo misma me aplico más el cuento).

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  • Maquillar, maquillar, maquillar: ritual mañanero impepinable. Creo que me da paz. Ale, ya lo he dicho. Hay gente que medita y hace OMmmm. Yo uso polvos de sol y me ahumo los ojos para afrontar el día con energía. #Pleasedontjudge. Hay que encontrar algo que os guste mucho hacer y que os haga sentir guapas. Yo, cuando pasaba horas y horas encerrada en mi casa y vestida como Cenicienta pero con gafas, reservaba el rato de después de comer para maquillarme fullface tomando un megacafetazo como si fuera a salir inmediatamente. Luego ya estaba arreglada para quedar o para ir al gimnasio (sí, iba maquillada, no me matéis). Me veía mejor, usaba mis productos que tanto me gustan y era una cosa fácil de hacer y muy, muy placentera.
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Movimiento contra la falsa belleza natural. No estás sola.  
  • Busco alguna instagrammer que haga ejercicio en casa para copiar alguna tabla y no tener excusas tipo: claro, es que no tengo rack/multipower/máquina de poleas en casa (obvio), entonces no puedo hacer NADA (pero nada, nada) de deporte, ya lo dejo para cuando me apunte al gimnasio nuevo, sí, el mes que viene ya si tal. No. Engaña a tu cerebro, ponte algo en la tele, si es que sigues viendo la tele, o música, o lo que sea y actívate. Ayer quemé exactamente 300 calorías con 45 minutos de ir por mi casa cual posesa dando saltos y haciendo sentadillas.

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  • Intento elegir comer sano. Estoy como un zepelín, efecto colateral del cambio de dieta, por lo que estoy tratando de evitar comer cosas innecesarias tipo “cosas de picar que no me gustan pero que sacan en alguna reunión y me distraen” (comer por aburrimiento de toda la vida). También evito comer por compromiso en el trabajo si llevan cosas que no me gustan especialmente (¡maldito team building!): muchas graciasssssss, me lo llevo al despacho y ahí se queda, o me lo llevo a casa y alguien se lo comerá. Esto ya lo comenté en algún post, pero creo que hay que reservar los momentos capricho para cosas que disfrutemos de verdad y no caer en el “es comida gratis” si os sacan algo de picar que ni os va ni os viene. Quizá esto me resulte fácil porque no me gustan los refrescos ni los dulces, que es lo que suele ofrecerse por ahí. Es decir: piensa bien si de verdad quieres comerte esas galletitas saladas medio rancias y no prefieres acumular ese extra para darte un homenaje el fin de semana.

 A  todo esto me pibonissa. Me siento bien y creo que me veo un poquito mejor y además, lo más importante, es MUY FÁCIL DE HACER, cero esfuerzos.  

¡Las fotos son de Pinterest todas!

VOLVER, VOLVER, VOLVER…

Las vacaciones nos encantan. ¿A quién no? No conozco a nadie que ame tanto su trabajo que pueda prescindir de unas buenas jornadas de asueto. Apagar el móvil de trabajo y a volar. En general, vuelves con mejor cara, descansada y… quizá alguna hasta con más ganas de trabajar. Pero las vacaciones tienen una parte mala, y es que es muy posible que te desmadres. Yo lo hago. Es complicado mantener lo hábitos saludables en un entorno que invita a todo, menos a comer sano. Ya me pasó en verano y ¡ni siquiera eran vacaciones!.

A finales de enero he disfrutado de unos merecidísimos días de descanso con amigos, en un entorno inigualable y blablabla… Ha estado genial, pero reconozco que los días de no tener rutina y de comer como sitalcosa, no me han sentado bien. El domingo volví a casa creyendo morir (ya en el coche tenia unos retortijones horribles) y con una sensación… como de asqueamiento. No sé si me explico. Me pasa a veces, cuando transcurren varios días en que estoy rodeada de comida y me dejo llevar totalmente: ingiero pura basura y acabo hinchada, cansada y sintiéndome con cero energía, incluso aunque haga algo de deporte. Pues así estaba este domingo. Nada más llegar tuve que ir corriendo a hacer una compra sana (o una compra en general, ¡no tenía nada en la nevera a parte de medios limones secos!) y empecé un proceso purificador para volver al buenorrismo que espero mantener al menos cinco días:

  • Bebí una infusión de hinojo bien grande y suplementada: muy recomendable para los gases y malestar del aparato digestivo.
  • Tomé un batido gigante de fruta (con mucha espinaca y apio).
  • Hice un caldo de verdura (que mutó en puré una vez me di cuenta de mi fracaso como creadora de sopas).
  • Decidí que iba a comer ensaladas como base en combinación con otras cosas: arroz, especialmente, pero también quinoa, pollo, aguacate… Es decir: plato gigantesco de ensalada con muchas, muchas cosas sanas y que me saciaran.

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Una de las cosas que más noté en los días de vacaciones es lo adictivo que, efectivamente, es el azúcar. Como ya dije, he reducido una barbaridad mi consumo de esta sustancia, siempre dentro del realismo y de las renuncias aceptables (evitar bollería, no añadir azúcar al café ni a los batidos, no consumir edulcorantes para acostumbrarme al verdadero sabor de las cosas…). No me iba mal, es algo totalmente asumible de hacer, si queréis probarlo. Pero en la nieve, al final, el cuerpo me pedía barritas energéticas y súper azucaradas y, en parte, me adaptaba a las cosas que había para desayunar, lo cual no incluía, creedme, batidos de apio y kale. Eso me desató: total, los bollitos estaban ahí y álguien tendría que comérselos, si total, qué más da. Con lo cual, ahora estoy en pleno proceso de dolorosa desintoxicación azucarera. ¡Es increíble cómo el cuerpo lo pide con ganas, especialmente después de comer!. Se me hace durísimo… Hay que aguantarse y, hasta cierto punto, pasar el mono. Quiero aclarar que esto no va de calorías: yo el bollo lo quemaba de sobra y si no, tampoco pasa nada, es un momento excepcional. Lo que trato de subrayar es lo puto adictivo que es el azúcar y que ahora me pregunto si de verdad esa bollería industrial y envasada en sudorosos paquetitos de plástico mereció la pena… Creo que no.

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FIREAWAYPARIS

Además, me sentía un poco descuidada, me da placer volver a la rutina de cuidarme: mi pelo estaba hecho una bazofia. Literalmente, tenía un nido de cigüeña en la cabeza: los gorros de lana, haberme olvidado mis productos favoritos, la pereza, el frio…¡Todo hizo mella! Hubo que hacer ataque frontal: aceite de coco intensivo, champusito rico y mimos, mimos, mimos. No me emociona cuidarme el pelo ni me interesan mucho los productos capilares, pero lo tenía verdaderamente fatal. Es posible que me haga un baño de color dentro de unos días y quizá le corte las puntas para devolverle algo de forma.

Las manos… ¡Las MANOS! Hacía tiempo que no escondía las manos en el trabajo del corte que me daba enseñar las garras en la oficina (esto ya antes de irme). Uñas mordisqueadas, desconchadas, con capas y capas de esmalte… ug, en serio. El mismo día me tuve que ir a un sitio corriendo a hacerme la manicura permanente y olvidarme, al menos durante dos semanas, de tan engorroso asunto. De verdad, ¡¿por qué no puedo haber superado ya lo de morderme las uñas?! Yo pensaba que con la madurez, además de arrugas, vendría una sabiduría que brotaría de mi interior y que me  haría dejar de hacer cosas estúpidas y malas para mi salud (como beber en exceso, fumar y tatatatatatta), pero veo que no. Tengo que ponerme seria con este tema porque en lugar de manos tengo muñoncitos, es un rollo y encima duele.

Por otro lado, la cara estaba hecha un cristo. El frío, la falta de rutina (ojo, me llevé mis cremas y fui muy constante con la limpieza, pero el frio invernal no perdona, y notaba que me faltaban los ácidos, el tónico, el cepillo facial… TO-DO). Hubo que hacer una cura intensiva de mascarilla de camomila, crema milagrosa y ungüentos varios.

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L’ATELIER D’AL

Y bueno, aunque hice mucho ejercicio estos días, la vuelta al gimnasio ha sido muy dura. Estaba cansada, desganada, desmotivada y un poco meh con  mi rutina. He tenido que buscar nuevos ejercicios que me hiciesen volver al redil de los cuidados con ganas, cosa que me está costando mucho. Me vuelvo a notar estancada y un poco en modo inercia.

Pero, recordad, lo importante es VOLVER. Por haber tenido unos días malos (yo enganché MUCHOS: convalecencia estomacal + viajecito con amigos) no significa que haya que tirarlo todo por la borda. Simplemente hay que cambiar el enfoque: nunca vamos a hacerlo todo perfecto, NUNCA, la vida está llena de momentos que hay que disfrutar, como un viajazo  a un destino nuevo cuya gastronomía queramos probar; o bien, hay momentos en que caemos enfermos y no nos apetece cuidarnos ni hacer ejercicio. Es parte de la normalidad y conviene abrazarlo como una fase más de la rutina bellecil, es un ciclo. Por tanto… ¡QUE NO DECAIGA!.

(Portada: @merilozanop)