CÓMO ORGANIZO MI RUTINA DE EJERCICIO EN CASA

El otro día mencioné en este post que había adaptado la rutina de ejercicio a esta nueva normalidad, pero lo expliqué muy de pasada contando aspectos más generales de la rutina de cuidados de estos meses. Quizá estaría bien contaros un poco más qué he hecho durante estos tres meses y por qué unas cosas y no otras se adaptan a mis necesidades. Puede que a alguien le sirva.

Al principio, como bien recordáis, el tema del confinamiento era muchísimo más estricto, no se podía siquiera salir a caminar, lo cual limitaba bastante en teoría. Pero personalmente he de deciros que eso no me cambió mucho porque, lamentablemente, yo ya caminaba bastante poco desde hacia tiempo. MUY, muy poco (y por eso en parte perdí mi forma física). Diría que, de hecho, como durante esas semanas de total encierro tuve tiempo para usar la cinta que tengo en casa, caminaba mínimo una hora al día en la cinta y usaba mi triste stepper de decatlón (de cuya efectividad tengo serias dudas, la verdad, pero bueno, me ponía alguna serie y al menos movía un poco las piernas) cosa que no hacía antes. Es decir, creo que lo que es moverme a nivel general me movía incluso más que antes (a excepción de la parte puramente de ejercicio). No mejoré mi forma física, nada más lejos, pero tampoco cogí peso. Eso sí, notaba mucha más flaccidez y celulitis. Un rollo :(. No ayudaba el picoteo nocturno, todo sea dicho. Yo lo que más notaba aquí era la falta del gimnasio, la notaba muchísimo, el tema pesas es irremplazable (he perdido mucha, mucha fuerza). También daba clases de otro deporte un par o tres veces a la semana y lo echaba mucho de menos. Eso me desmotivaba. Si ya de por sí podía hacer poco, pues tenia cada vez menos y menos ganas de entrenar.

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Sinceramente, notaba que podía esforzarme más, tenía a mi favor una cantidad ingente de horas al día. Solo que no sabía bien cómo aprovecharlas. Sí, ya sé que surgieron gurús de debajo de las piedras: clases online everywhere, videos en YouTube, directos en Instagram, etc., etc… Pero gran parte de todo eso siempre ha estado ahí y jamás en mi vida he sido capaz de hacer ejercicio en casa usando esos formatos. Mi problema era otro, visto ahora a la luz de los acontecimientos, y venía de la sobrecarga de información y opciones (al margen de la absoluta pereza que da ponerse a hacer deporte en casa, sitio que normalmente asocias al descanso, la familia…). La conocida como paradoja de la indecisión o del asno de Buridán. Hay tantas opciones que no sabes qué elegir: abres YT y hay miles, MILLONES de videos de hiit (no voy a discutir si es hiit o no, o si el “hiit” de las youtubers es efectivo, hiit, dejémoslo ahí), de rutinas de glúteos en 7 minutos (sin peso), de cardioworkouts 600 calorías en media hora y cosas que no me llamaban nada de nada (y que no me trago). Entonces empiezo a hacer el famoso scroll tratando de encontrar un vídeo que me llame y, cuando me quiero dar cuenta, ya han pasado veinte minutos del los 40 que me había propuesto hacer deporte. Era, para mí, una grandísima perdida de tiempo (no de dinero, porque ya sabemos que es gratis). Alguna vez a lo largo de mi vida, aisladamente, hice ejercicio en casa, pero no ha sido algo sostenible, era algo súper puntual. Y ahora todo indica que mi gimnasio tardará en volver a abrir, por lo que había que cambiar el enfoque y ver cómo hacer deporte en casa podía pasar de ser pesadillesco a ser medio apetecible.

Así que, rebobino: yo quería hacer más deporte, pero no sabía bien qué. Había millones de opciones, pero ninguna creaba adherencia. Entonces, de repente, descubrí que la aplicación/programa creado por el buenorrísimo marido de Elsa Pataki ofrecía 6 semanas de prueba. Bueno, pues me suscribí, total, era gratis. ¡Y resulta que me gustó! Yo es que estoy hecha para seguir órdenes y no tener margen de actuación por mi cuenta (en lo que se refiere al ejercicio, se entiende): si me pongo a pensar si lo hago o no lo hago, si busco algo mejor… al final no hago nada de nada. Siempre es mejor un entrenamiento imperfecto que ningún entrenamiento, recordad. Así que me adentré en este mundo de gente mazada y de aspecto feliz que me da gritos desde la pantalla del ordenador mientras yo les obedezco sin chistar y sintiendo que ese dolor es bueno para mí (cual distopía orwelliana).  En ese programa tienes un video diferente cada día(con su calentamiento y cooldown correspondiente, hasta en eso han pensado), no tienes que elegir qué haces, que ellos te lo dicen. Varía tipo de entrenamiento, monitor, duración… unos me gustan más y otros menos. Alguno no me va nada, pues ese día hago otro, busco en el browser, y escojo lo que sea, no tardo más de 30 segundos porque ya conozco perfectamente las modalidades y sé qué esperar de cada entrenador. Todos son entre 25 minutos y una hora (la mayoría son unos 30-40 minutos), depende un poco del nivel que escojas. Y ya está, simple, sencillo y maravilloso. También dan menú diario, meditaciones, entradas a un blog que no está mal…pero paso bastante de esa parte, no la aprovecho. Las recetas tienen una pinta estupenda (tipo coco-cacao- banana proteine smoothie), pero os mentiría si os dijera que las hago. Me gustó tanto y me enganchó tantísimo que, transcurridas las seis semanas de prueba,  me uní. Ahora lo que hago es que, o bien meto este entrenamiento por la mañana (y por la tarde hago el siguiente del que os voy a hablar) o bien hago este solamente si estoy especialmente cansada, como forma de moverme. Fundamentalmente es ejercicio cardiovascular (burpees y bear crawls horribles) pero yo en este momento de la vida, necesito meter algo así. Negativo: abusan de los saltitos en algunos entrenamientos, pero como es adaptable, con no saltar, vale, sigue siendo un buen ejercicio. Positivo: todo, se adaptaba perfectamente a mis necesidades y las sesiones no son tan largas que te aburran, cambian cada día, tienen incluso yoga o pilates…

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Emily Skye: los australianos son gente superior

Durante las primeras semanas lo combiné con la aplicación de una entrenadora australiana (¡otra!) que estuvo bien pero que me parecía un pelin flojilla y decidí no renovar cuando se me terminó la suscripción. Hacia cardio por la mañana y esta que os digo por la tarde, que era más tipo “pesas”, sin llegar a serlo, pero en general muy correcto todo. Además, que solo tenía pesas de 3 kilos en mi casa, por lo que no necesitaba más. Después de esta me he suscrito a la de Alexia Clark, que cumple bastante con mis requerimientos: cuelga 5 entrenamientos a la semana y puedes adaptarlo para que duren una hora o media hora, según las ganas o el tiempo que tengas. Los divide de lunes a viernes en: tren superior, inferior, uno o dos días full body y un quinto rollo Challenge. No lo sigo al pie de la letra, soy más de hacer dos días pierna, dos días de tren superior, pero si veo que los ejercicios me cuadran, hago el que toque. Eso sí, guardo en favoritos los que más me encandilan y así, si un día no quiero hacer el que me toca (o es fin de semana, cuando no cuelga ejercicios), tiro de archivo. Se quema una barbaridad, ya que son intensos (varias series sin descanso, etc). Necesitas bandas elásticas y pesas, pero muchos ejercicios son con el propio cuerpo.  Tiene también recetas y cosas que no he mirado mucho porque realmente solo la uso para el ejercicio. No es una tabla de fuerza para muscular, ninguna de estas aplicaciones sustituye una rutina de gimnasio como dios manda para coger volumen, pero desde luego puedo deciros que funcionan y que me veo mucho mejor que antes del confinamiento (abdomen más fuerte, más fina en general). Además, ahora que tengo un gimnasio casero mucho más completo, ya que añadí elementos paulatinamente, puedo hacer mucho más retantes los ejercicios.

 

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Impone, lo sé. 

Y así es como estoy funcionando ahora mismo. Para mí todo son ventajas: lo hago sin saltarme el confinamiento, no he tenido que recurrir a correr (no me gusta) y es un sistema que podré mantener a largo plazo y que, ADEMÁS, ha dado resultados notorios. Evidentemente, tiene sus pegas: cuesta dinero y es difícil que la gente hoy en día esté dispuesta a pagar por nada, ya que hay tanta oferta gratuita que tienen que ofrecerte algo realmente bueno o muy diferente para que sientas que obtienes valueformoney. En mi caso no es así. Primero, el que algo sea gratis no quiere decir que sea mejor o que se adapte más a ti. Hay mucha morralla en la red y es difícil ser consistente o saber qué elegir entre tantos vídeos casi idénticos. Y por otro lado, a mí lo de pagar me compromete. Ojalá no fuera así, eso que me ahorraría, pero invertir en estas cosas me recuerda que para mí es importante hacer deporte y que mi yo del pasado decidió incluso pagar una mensualidad con ese fin (sea gimnasio o aplicación para el móvil, es un poco la misma idea), por lo que mi yo del presente se obliga a hacer el entrenamiento del día, aunque llore. Con los vídeos de you tube no sentía ese compromiso y yo dejada a mi libre albedrío soy fatala.

A todo esto, como me he propuesto recuperar mi neat, intento hacer cada día 13.000 pasos. No es mucho, pero teniendo en cuenta las circunstancias, me doy con un canto en los dientes si lo consigo. Fin.

¡Esto es lo que hago ahora mismo! Espero que os haya servido.

 

LA RUTINA EN CASA

Hay una antigua maldición de origen chino (real) que dice algo así como “ojalá vivas tiempos interesantes”. Y tanto que sí. Qué época tan extraña y oscura se ha desatado y, a la vez, qué interesante momento histórico (los matices de por qué te los dejo a ti, yo los míos los tengo bastante claros). En fin, no quiero hablar mucho más de aquello de lo que SIEMPRE hablamos desde hace ya varias semanas. Tan solo espero que tanto tú como tu familia estéis bien y que hayas llegado al blog para evadirte un poco.

Si te pasa como a mí, seguro que el tema del autocuidado te interesa. Es lo suficientemente amplio como para que vaya más allá de echarse cremitas o darse un poco de colorete para estar por casa. Supone llenar tu vida de cosas que te importan: para algunas será el deporte (salud, disciplina, esfuerzo), para otras la cosmética (mimos, tiempo para ti, belleza), también la meditación, el yoga, la buena comida, el autoconocimiento… Sea lo que sea, seguro que has tenido que encontrar la manera de seguir haciéndolo durante estas semanas. Es normal, incluso sano, estoy convencida de que ayuda a mantener cierta cordura el hacer cosas que antes te hacían feliz, incluso aunque no tuvieran mucho sentido estando encerrada en casa (ponerte ropa bonita, maquillarte, etc). Yo te aplaudo. De hecho tuve varios días de ir vestida cual payaso micolor (temas logísticos) y no me gustaba, me daba bajón verme así (aunque hubiera, ya lo sabemos, cosas mucho más importantes por las que preocuparse).

Lo que peor llevé al principio, sin duda, fue la falta de gimnasio. Pero hice un buen apaño y estoy bastante contenta. Me he adaptado, para mi sorpresa, siguiendo dos programas de entrenamiento online. Me costó mucho hacerme a la rutina, pero una vez integrada en mi nueva vida, he sido muy constante. Entrenaba por la mañana y por la tarde. Ahora estoy haciendo ejercicio solo por la tarde pero camino mínimo una hora al día (suelo hacer 13.000 pasos, que no es mucho, pero que tampoco es como entrenar una hora y pasar el resto del día tumbada a la bartola). Creo que he perdido algo como un kilo, no mucho, pero lo suficiente para volver al peso que quería (Navidades fue un desfase de cocolocos y grasa frita) y reducir tripita. O sea, que mi incursión en el mundo de los entrenamientos online ha sido todo un éxito. De hecho, ¡los muy zorros lo han conseguido!: tras probar el programa unos días, me suscribí para el año entero. ¡Voilà! Genios del marketing . Ahora combino ambos en mi salón y la cosa funciona. Mi plan es (cuando volvamos a la normalidad) hacer esos ejercicios unos tres/cuatro días a la semana por la mañana nada más levantarme y aprovechar el otro programa en el gimnasio cuando vaya por la tarde más adelante (se complementan muy bien).

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Esto suena muy overachiving peeeeero, queridas amigas, tras Navidad tuve una gran revelación que no sé si os conté. Volví fatala de vacaciones, hecha un saco humano de azúcar y harina, no pesaba MUCHO más, pero estaba claramente hinchada y muy incómoda en mi ropa (nivel que me apretaban varias prendas). Decidí empezar un sistema de entrenamiento nuevo que a la postre fracasaría estrepitosamente  (quizá tenga que explorar los motivos, básicamente me pareció una castaña), pero que me tuvo así al tran-trán hasta finales de febrero, por lo menos me metí un poco en vereda. No perdí nada de peso pero me deshinché (lo que importa es la composición corporal, no el peso, ñiñiñiñiñiñi, vale pero no me veía bien del todo). De todas formas, para darle un boost a mi entrenamiento de pesas y garantizar que hacia cardio al menos dos veces a la semana (ESPECIALMENTE los días que tenía obligatoriamente afterworks coñazo interesantísimos y llenos de comida chunga), lo que hice fue meter cardio a saco a las 6 de la mañana. Y sí, querida e incrédula lectora, ME LEVANTABA religiosamente. LO JURO. Como había quedado con otra persona para practicar y reservado la pista (y me la iban a cobrar me presentase o no), pues me ponía en marcha, me bebía mi café cual zombie y salía pitando a por mis endorfinas. Qué pasada, me siento SÚPER ORGULLOSA de esto. Ojalá me viera mi profe de gimnasia del colegio, el que me ponía insuficientes cada trimestre por no pasar el test de cooper ese.

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Querido Profesor: ¡gracias!

Todo este rollo para contar que me veo perfectamente capacitada para madrugar para hacer deporte y que, tras probarlo, he de decir que me gusta bastante, no es una cosa que puedan hacer tan solo dueñas de startups e instamamis, al contrario de lo que yo solía pensar. Y no, tampoco tienes que ser una persona que tiene una rutina matinal. Solo tienes que poner la alarma y levantarte ;). Luego algunos días por la tarde iba al gimnasio a por mi sesión de pesas, pero no siempre.

Ahora bien, sigo siendo animal de gimnasio: echo de menos mis pesas y máquinas, vestirme con los conjuntos de ropa de deporte, ponerme las deportivas que peguen con lo que llevo… qué le vamos a hacer, soy así de petarda y a mí eso me motiva. Os lo tengo dicho: cuando iba con ropa-saco al gimnasio no hacía ni la mitad del esfuerzo. Forma parte de mi ritual deportivo el cambiarme la ropa del trabajo, bajarme del tacón y ataviarme con mi uniforme.

Por otro lado, seguí con los cuidados básicos de pelo (acabé mis champús de siempre y empecé con el de algas de Leonor Grey, un bluf innecesario, no repito) y piel un poco nivel supervivencia, tirando de productos que no me encantaban pero que quería gastar (como buena acumuladora, tengo muestras para parar un tren). No me ha enamorado nada*, pero al menos he quitado unos cuantos botes de en medio. Dejé de lado el pycnogenol de The Ordinary (lo gasto para el escote) porque la textura no me gustaba, he seguido con los ácidos (acabé el ácido láctico para las manchas y ahora he empezado con la arbutina, lo de las manchas hace que me sienta como Sísifo, qué cruz). Y he añadido el darme cosas que no uso en el cuerpo tras la ducha, como glicólico y retinol. Como no estoy tomando el sol, pues tan contentos. No estoy notando nada especial de momento, pero me da muchísima rabia tirar productos y sino que así los aprovecho hasta el final.

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*Esto para el pelo me ha flipado

 

Lo que he descuidado mucho: manos y pies. ¿A quién le apetece? Me he acostumbrado a la comodidad de no llevar esmalte para no tener que desmaquillarlas y me cuesta horrores pensar en pintarlas y todo ese “esperar a no tocar nada para que no se estropee el esmalte”, que en mi caso me lleva como cuatro horas mínimo.  Tampoco ha funcionado lo de intentar meditar: o me duermo o abro la caja de Pandora de los pensamientos obsesivos sobre el pasado.

Pero, por otro lado, he leído muchísimo, he cocinado cosas ricas (aunque debo de ser la única española que no ha hecho su propio pan de masa madre todavía) y he comido cosas aún más ricas, he pasado tiempo con mi familia y disfrutado muchísimo de ellos, he jugado, he afianzado hábitos y acabado algunos proyectos que empecé, he trabajado… En fin, ha habido que adaptarse y lo heos hecho.

El tema de la comida (y bebida!) estos meses … buah, me da para otro post…

¡Cuidaros mucho!

HACERTE TRAMPAS AL SOLITARIO (LAS MENTIRAS QUE TE CUENTAS Y CÓMO TE AUTOSABOTEAS)

Creo que no llegué a contar qué pasó exactamente con esto que tuvo como resultado esto otro. GLUP. Digamos que una cosa llevó a la otra casi sin querer. Como consecuencia del cambio de vida brutal del que hablaba en el primer post, pasó lo segundo y tuve que ponerle solución en plan a lo loco en una semana, pero como ya sabemos, las soluciones a corto plazo dan resultados a corto plazo, no podría ser de otra manera. Es decir, estuvo bien para esa ocasión. Pero a veces esas medidas cortoplacistas no valen. No voy a pasarme la vida comiendo apio y pechuga a la plancha para verme bien (una vez, lo hago, más, no). A veces simplemente la vida nos cambia y tenemos que adaptarnos y dejar de poner(nos) excusas.

Pero… exactamente ¿qué pasó? Ya expliqué que me mudé por un cambio de trabajo, lo cual me trajo no pocos quebraderos de cabeza y semanas de no poder hacer mucho ejercicio por la preparación de la mudanza y otros retos logísticos de carácter absolutamente vital (algunos totalmente inventados, ya que mi cabeza fabrica problemas horribles e insalvables al mismo ritmo que Huda Beauty saca paletas de sombras de todos los colores). Primer punto negativo. Estaba tan absolutamente absorbida por ello que me fue imposible hacer deporte y cuidarme. O más bien, yo estaba TAN cansada, estresada y, admitámoslo, muerta de miedo, que no tenia fuerza mental para hacer algo que, pese a todo, me hace sentir muy bien. Mi cabeza era un vórtice de negatividad, mis días un sinfín de tareas por hacer y mi mente encontró el campo abonado para… LAS EXCUSAS.

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Empezó mi particular deriva hacia la locura y el abandono, pero bueno, ya lo arreglaría todo en mi nueva vida, en mi nueva casa en mi nueva ciudad (que seguro que no me iba a traer nuevos problemas, no, para nada, ya claro…). Cuando por fin llegué a mi destino estuve dando tumbos deportivos varias semanas, desde un gimnasio de hotel, pasando por un especie de gimnasio de entrenamientos personales y Pilates mega pijo, pero altamente incómodo y sin equipación básica (mucha maquinilla sacada de una peli de ciencia ficción que ocupaba muchísimo, y poca chicha de la que de verdad funciona). Un rollo. Yo no necesito nada de eso, necesito un gimnasio de los de toda la vida, si puede ser tirando a ochentero ;). Me costó un triunfo encontrarlo y rellenar toda clase de formularios absurdos hasta que fui admitida, aunque no se puede decir que no lo intentase con ahínco. Miré varios sitios más, pero todos eran un poco…ÑEH.

Digamos que pasaron casi tres meses hasta que volví a retomar mi rutina de gimnasio. SÍ, TRES MESES. De estos, tan solo mes y medio, o incluso menos, estuve realmente sin acceso a un espacio especifico para hacer deporte. Pero claro, es muy, muy fácil verse atrapado por el día a dia y por obligaciones inaplazables. Total, para cuando me quise poner, estuve un mes a tope en mi nuevo gim antes de tener que dejarlo de nuevo por unas vacaciones YA programadas desde hacia meses (o sea, que yo ya sabía que me iba). Más irregularidad y saltarme la rutina. Al final pasé la mitad de las vacaciones haciendo una dieta tonta, pero necesaria (en ese momento quería deshincharme) y muy rabiosa y enfadada conmigo misma por cómo las circunstancias y el mundo inclemente y conspirador que me odia rodea me habían llevado a esa situación.

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Pero… admitámoslo. ¿De quién es la culpa si no hago ejercicio? ¿Eran el mundo y mi nueva ciudad conspirando contra mí, o era yo, que me estaba dejando llevar? Pues creo que hay que ser honesta y admitir que tuvo más que ver con lo segundo que con lo primero (aunque lo primero, tela). Evidentemente, en estados de gran agitación mental y nerviosismo, es muy complicado que el deporte (y actualizar el blog, jeje) se haga un hueco en el calendario, pero… ¿tres meses?¿en serio?¿mereció la pena?

Quizá a no sea la única a la que le pasa. Mi cabeza en esos momentos piensa así:

  1. Como no voy a poder ir 5 días a la semana, mejor no ir ninguno, ya la semana que viene lo hago bien. Está claro que no merece la pena.
  2. Estoy muy cansada, mejor me quedo en casa tirada (en realidad, enganchada a internet y NO descansando o aprovechando el tiempo para, en algún momento futuro, poder ir, de hecho, al gimnasio con los deberes hechos).
  3. No tengo ánimo, es mucho agobio, NECESITO descansar (lo mismo de arriba, tirada en mi sofá mirando el móvil).
  4. Pfffff… si es que realmente NO TENGO TIEMPO (esto dicho mentalmente antes de engancharme a cualquier canal de youtube y pasar horas catatónica mirando al infinito y no adelantando tareas de la vida adulta que sí que tengo que hacer).

En serio… ¿cuántas NO TENÉIS TIEMPO de verdad para hacer ejercicio? ¿Soy la única que siente que se hace trampas al solitario haciendo pellas de gimnasio/salir a correr/ o hacer zumba (si hacéis zumba podéis saltárosla; tenéis mi absoluta bendición para salir huyendo… hacia una sala de pesas ;)…) o esto es algo que le pasa a mucha gente? Gente que querría estar mejor y cuidarse, pero que al final, por h o por b, no lo hace porque notienetiempo.

Yo creo que no puedo ser la única que trampea. Y ese es el problema que creo que tenemos muchas veces, que decimos que no tenemos tiempo, cuando en realidad lo que no tenemos son ganas. Por los motivos que sean, ¿eh? Es super licito no tener ganas de hacer deporte en plan Hulk… ¿Pero salir a trotar? ¿Hacer media hora de entrenamiento en casa con vídeos de fondo? Yo creo que sería mucho mejor, y quizá incluso nos fustigásemos menos, si admitiésemos que a veces no tenemos ganas de algo o preferimos dar prioridad a otras cosas. Eso es honestidad y no se puede combatir. Son tus prioridades y es tu vida. Pero decir que no tienes tiempo….ufffff. Complicado. Siempre vas a tener a alguien cerca que exprime los minutos del día y machaca tus excusas con su constancia. Yo tengo una compañera de trabajo que se va a hacer deporte a las 6 am, abre el gimnasio. Yo no no haría eso ni muerta y estoy en mi pleno derecho, pero claro, me cuido muy mucho de decirle a ella que no tengo tiempo para la actividad física. Me mirará con cara de:

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Mi compañera tiene 60 años. 60 AÑOS Y MADRUGA PARA ENTRENAR. 

Esta señora es como una JEFAZA MÁXIMA, de estas personas que tienen varias cenas y comidas de trabajo a la semana, especialmente cenas, por lo que estoy segura de que le debe resultar imposible seguir una rutina fija de 4 días a la semana gimnasio, es im-po-si-ble. Ella a veces me boicotea a mi si tengo que ir a alguno de sus múltiples eventos y me toca saltarme mi día de espalda. Es de armas tomar… y se nota que no le valen las excusas. Y es una persona muy normal, no un a Lomana de la vida, esclava de su apariencia, sobre la que podemos decir: ya, pero es que vive de su imagen. Nope. Seguro que en vuestra vida también hay una persona así, que sin quererlo os fastidia las excusas con su perfectito ejemplo de constancia, entrega y fuerza de voluntad. Y seguro que la odiáis en silencio, como hago yo, jaja. Pero aunque nos caigan mal, son la bofetada de realidad que necesitamos.

TOTAL… que si a estas alturas del post aún estabas esperando un truco mágico, me temo que no lo hay, amiga. Solo tengo conclusiones basadas en mi propia experiencia y en la sinceridad conmigo misma (pese a las trolas que me cuento, que no son pocas). Que quizá más que tiempo, lo que no tengas son ganas. Todas somos humanas y nos pasa, pero hay que recordar que si de verdad queremos notar cambios en nuestro aspecto/modo de vida en general, al final todo se basa en decisiones cotidianas y del día a día, tan sencillas como priorizar lo que sea que quieras hacer y sacar tiempo para ello (eso se aplica también para, por ejemplo, estudiar una carrera a distancia o aprender otro idioma). El truco es reservarlo. Quitártelo de otras cosas. Todo es renuncia, porque el tiempo es el que es y nuestros días (los de toda la humanidad, incluidos los de los premios Nobel, los atletas de élite y los premios fin de carrera) tienen 24 horas: hay que elegir a qué se lo dedicamos.

Eso no quita para que quizá estés en un momento en que te es muy complicado hacer algo de ejercicio, si es tu caso, quizá puedas añadir algún rato de paseos, o hacer algo en casa por la mañana nada más levantarte, o al volver del trabajo. Y piensa que vendrán tiempos mejores, seguro. No tires tu toalla mental.

QUÉ PASÓ DURANTE MI SEMANA DE SANTIDAD

La semana pasada, en que me lo estaba tomando súper en serio sí o sí, sin opción, me ha servido bastante para hacer algunas observaciones dietiles y llegar a algunas conclusiones muy interesantes. Os cuento qué ha pasado.

Lo primero, la motivación es TODO. Si tienes un buen motivo, créeme que vas a ponerte a tope, porque tienes toda la fuerza de voluntad que quieras. Es que no hay más, el resto son excusas, y yo tengo para aburrir. Si quiero, puedo. Ahora, el motivo para ponerse tiene que ser verdaderamente importante y no difuso (tonificar para el verano, por ejemplo, ¿hellooo?). Os puedo asegurar que soy de naturaleza disfrutona con la comida y me cuesta mucho renunciar a comer lo que me gusta. Nunca lo he hecho porque nunca lo he necesitado, más o menos estaba en mi peso, kilo arriba kilo abajo, y normalmente a nada que hacÍa reajustes me reencontraba a mí misma (un par de días comiendo bien bastaban para compensar). O sea, el músculo de la renuncia lo tengo muy poco trabajado. Pero ¡ay amiga cuando hay que sacarlo a relucir en plan a la desesperada!. Se hace, SE HACE. Así que mi conclusión es que si quieres cambiar tus hábitos y gustarte más, reflexiones realmente los motivos y encuentres eso que va a moverte del sofá y a mantenerte on fire una buena temporada. Pero sinceridad con una misma ante todo. Si realmente no estás muy dispuesta o estás pasando por una mala racha, mejor dejarlo para más adelante y no forzar. Recuerda que no es una dieta, solo deshinchar.

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Segundo, puedo estar sin beber alcohol y socializar sin problemas. A veeeeer, que parezco una borrachuza. Y no, voy a explicarme. No hay porqué caer en la inercia de pedir una caña si no te apetece en el fondo, cosa que a veces hago por seguir al resto y no ser la rara que pide agua. Esa es la primera lección. Y segunda lección, si toca ponerse en serio con la dieta, se puede estar perfectamente a base de cocacolas zero, aguas o limonadas. No me ha supuesto ningún trauma, la verdad. De hecho, lo prefería la mayor parte del tiempo. Actualmente bebo alcohol muy de vez en cuando (por motivos que no tienen nada que ver con la dieta, digamos que son ajenos a mi voluntad, pero los estoy aprovechando a mi favor) y no me he muerto ni he perdido habilidades sociales. SI ESTAIS EN MODO SANO, pensad muy mucho lo que bebéis y si os compensa.

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Por otro lado, estos días he disfrutado muchísimo con la comida. De verdad. He probado un par de restaurantes riquísimos (todo muy instagrammer green-eco-organic, petardeo máximo): ensaladas buenísimas, pescado al horno con unos aliños naturales brutales… Mmmmmm, me ha encantado TODO. Luego en casa, pues ni tan mal. Ensaladas de tomate con huevo duro, queso fresco, pepino…; crema de calabacín (lightttttt), pescado a la plancha… No sé, me apetecían unos días de comer sano, de no acostarme petada, de estar bien de la tripa. Lo he agradecido, llevaba demasiado tiempo comiendo regular (cosas que me sientan mal).  A mi madre, con quien estaba pasando unos días, le ha hecho muchísima gracia cuidarnos juntas y coger el tren de la semana sana conmigo. Pero, extrañamente, hay cosas que no me quito ni aunque me fuercen: mi jarra cervecera de café con Nesquick o Colacao por la mañana…  ni aunque me paguen la dejo de tomar. Y aún así, ¡progreso adecuadamente!

¡Y sí! Llegué genial a mi evento, me veía y me sentía genial, muy satisfecha con la semana previa y… ¡RADIANTE!. MERECIÓ MUCHISIMO LA PENA hacer unas renuncias previas. Os animo a tope a hacer una semana de piboneo máximo. ¡No será raro que se conviertan en dos o tres cuando veáis lo bien que os sentís!.

P.D.: El deporte me ha fallado. No tuve tiempo apenas de ponerme y estaba bastante cansada. Hice exactamente dos días de deporte, lo cual es poco para lo que que suelo hacer y muy poco para mis objetivos, pero sirve para ilustrar que la dieta es el 80% de todo. Tomémoslo pues como experimento sociológico (yo debería ser comercial y dedicarme a vender milongas a la gente XD). Y fumé algunos pitis, lo cual demuestra que lo de fumar de vez en cuando no está vinculado con el alcohol, y por tanto lo del fumeque es puro vicio ansioso. AJ.

P.D.2: Mi sufrido padre me invitó a cenar ayer y me puse como el Kiko. Con tal de  darle gusto…

TE PIBONISSSOO!

En momentos así tan frenéticos como en el que me encuentro ahora, si veo que no puedo cumplir con una rutina de diosa poderosa (y lo veo perfectamente, para qué mentir), tengo que engañar a mi cerebro con pequeñas tretas para seguir a tope.

¿Que por qué? Porque tengo una mente maquiavélica y perversa. Mi cerebro me llama desde el abismo de la grasa, el alcohol y el desenfreno y me dice: ven tonta, te va a gustar, si total no estas yendo al gimnasio, déjate llevar al mundo de nunca jamás (serás sana). Sí, toma, fúmate un cigarro absurdo mirando al infinito y quéjate de lo mucho que echas de menos el deporte mientras te comes esos panchitos, jijiji. Ahora encarga una pizza. Te sentirás mejor, créeme. Es muy cabrón mi cerebro, se lo he hecho pasar mal y me la tiene jurada.

Entonces tengo que ser fuerte. Primero, porque al no estar en mi zona de confort fit, con mi gimnasio, mis horarios organizados y demás, es bastante cierto que no estoy haciendo nada y el peligro de dejarme llevar y estar por mi salón en camiseta bata de seda devorando pringles durante meses es una amenaza real. Y segundo porque, hasta cierto punto, me encanta gochear y vaguear. Pero claro, ¿cómo me pongo seria, si no tengo nada con lo que ser seria? No hay deporte, estoy un poco limitada con el tema cocinar y hacer la compra y… cada vez tengo menos ganas (soy humana, ¿vale?).

Pues le engaño adaptándome al entorno cual camaleón y encontrando el modo de verme bien haciendo nada o incluso haciendo cosas que me gustan mucho. Pibonissando la mente, vaya. Estas son esas pequeñas cosas con las que me pibonizo y me engaño un poquito para seguir por la senda del bien:

  • Complementos: hay que llevar complementos, PUNTO.  Me he comprado unos pendientes un poco excesivos y locos, y los estoy disfrutando mucho.  Ya me han preguntado dos personas por ellos. Y yo me siento como una modelo de las que marcan tendencia. Bueno, a ver, que me he venido arriba, me siento un poco más guapa, que no son pendientes mágicos tampoco. No dudéis del poder de los abalorios, joyitas y demás chatarra que embellece. Pero procurad que sea de la que no se pone verde en tres días. Es tirar el dinero si no… (a ver si yo misma me aplico más el cuento).

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  • Maquillar, maquillar, maquillar: ritual mañanero impepinable. Creo que me da paz. Ale, ya lo he dicho. Hay gente que medita y hace OMmmm. Yo uso polvos de sol y me ahumo los ojos para afrontar el día con energía. #Pleasedontjudge. Hay que encontrar algo que os guste mucho hacer y que os haga sentir guapas. Yo, cuando pasaba horas y horas encerrada en mi casa y vestida como Cenicienta pero con gafas, reservaba el rato de después de comer para maquillarme fullface tomando un megacafetazo como si fuera a salir inmediatamente. Luego ya estaba arreglada para quedar o para ir al gimnasio (sí, iba maquillada, no me matéis). Me veía mejor, usaba mis productos que tanto me gustan y era una cosa fácil de hacer y muy, muy placentera.
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Movimiento contra la falsa belleza natural. No estás sola.  
  • Busco alguna instagrammer que haga ejercicio en casa para copiar alguna tabla y no tener excusas tipo: claro, es que no tengo rack/multipower/máquina de poleas en casa (obvio), entonces no puedo hacer NADA (pero nada, nada) de deporte, ya lo dejo para cuando me apunte al gimnasio nuevo, sí, el mes que viene ya si tal. No. Engaña a tu cerebro, ponte algo en la tele, si es que sigues viendo la tele, o música, o lo que sea y actívate. Ayer quemé exactamente 300 calorías con 45 minutos de ir por mi casa cual posesa dando saltos y haciendo sentadillas.

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  • Intento elegir comer sano. Estoy como un zepelín, efecto colateral del cambio de dieta, por lo que estoy tratando de evitar comer cosas innecesarias tipo “cosas de picar que no me gustan pero que sacan en alguna reunión y me distraen” (comer por aburrimiento de toda la vida). También evito comer por compromiso en el trabajo si llevan cosas que no me gustan especialmente (¡maldito team building!): muchas graciasssssss, me lo llevo al despacho y ahí se queda, o me lo llevo a casa y alguien se lo comerá. Esto ya lo comenté en algún post, pero creo que hay que reservar los momentos capricho para cosas que disfrutemos de verdad y no caer en el “es comida gratis” si os sacan algo de picar que ni os va ni os viene. Quizá esto me resulte fácil porque no me gustan los refrescos ni los dulces, que es lo que suele ofrecerse por ahí. Es decir: piensa bien si de verdad quieres comerte esas galletitas saladas medio rancias y no prefieres acumular ese extra para darte un homenaje el fin de semana.

 A  todo esto me pibonissa. Me siento bien y creo que me veo un poquito mejor y además, lo más importante, es MUY FÁCIL DE HACER, cero esfuerzos.  

¡Las fotos son de Pinterest todas!

LA CLAVE DEFINITIVA PARA PONERTE CUALQUIER TOP

Hace ya un tiempo, tuve una iluminación biuty bastante fuerte. Fue algo de lo que yo no me había dado cuenta antes porque no sabía que podía pasarme a mí o que yo podría lucirla como lo hacían otras personas. Esa iluminación fue comenzar a trabajar, apreciar y cuidar mi espalda.

Ya he hablado de sobra de mi patética prehistoria gimnasiera y de la época de pensar que la clave para que la ropa me quedase de pibón total era estar palermizada. Lo que viene siendo una adolescencia y una veintena, como la de tantas chicas, en la que crees que lo que te va a hacer estar mejor es perder peso o algo así (cuando obviamente, estás en tu peso perfecto). Pero luego, a la hora de la verdad, como soy una chica bastante normal (no una persona alta, esbelta y de naturaleza famélica), lo de estar delgada pues pséeeee, tampoco es que me cambiase mucho… que no, que no era eso. No me veía ni especialmente favorecida ni muy mejorada. A todo esto, yo seguía con mis rutinas full body sin peso en el gym, unas tres veces por semana o así, pensando que cumplía (pero que el deporte no servia para nada y todo ese rollo).

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La cuestión es que, cuando empecé a tope con el gimnasio, obviamente dividía los días en tren superior y tren inferior, generalmente dando algo más de prioridad al inferior, pero descubriendo que, sorprendentemente, era bastante entretenido trabajar la parte superior de mi cuerpo. Antes no le dedicaba nada de atención, no fuera a ser que cogiera DEMASIADO VOLUMEN (ese unicornio). Pero el caso es que, trabajando al dos días en semana (y sin matarme mucho), empecé a ver cositas, cositas que me gustaban.

Antes he hablado de la espalda en general, pero desde luego no fue lo único que mejoró ni lo primero que aprecié (por una cuestión que tiene que ver con que aún no giro la cabeza 180º): por ejemplo, me empezaban a gustar mucho mis hombros, una cosa loca. Me hacia gracia subir los pesos y que se marcasen los músculos (sí, ya era como los cachitas de gimnasio). Pero luego, en ropa no-de-deporte, no me veía músculos marcados en plan Hulk, simplemente me notaba con formas más chulas. La ropa me quedaba mejor, los tops especialmente. Y si eran sin mangas, mejor. Y eso que mis brazos nunca jamás me han gustado mucho. Pues ahí estaba yo, con mis bodies diminutos enseñando cacho. ¿Qué me estaba pasando?.

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Pues que la musculatura, bajo mis carnitas, se marcaba más, se veía firme y había cogido una forma que a mí, personalmente, me gustaba bastante, especialmente en hombros y tríceps, pero también en la espalda. Fue sorprendente y creo que fue una de las bases para el cambio físico que experimenté en esa época. Recordad que la espalda nos sostiene (no exactamente, pero yo me entiendo) y contribuye a tener un buen core o centro corporal y ayuda a nuestra postura, que tiene mucho que ver a su vez con nuestra presencia en el mundo. No es igual ir encorvada y hecha un ovillo que ir erguida, caminando con el esternón hacia delante, como dice una monitora.

Cuando dedico un día a la parte de arriba, me centro mucho en hombro (favoreciendo el levantar mancuernas de frente, no de lado), espalda en parte superior (me explico de pena) e inferior (las lumbares quedan de lujo un poco marcadas y compensan el trabajo abdominal) y tríceps. Prefiero muchas repeticiones con un peso moderado, pero no ridículo. No os engañéis con eso, si no notáis nada es que no estáis haciendo nada, tiene que costar un poquito. En cambio, no trabajo apenas pectoral ni bíceps, ya que considero que en mi caso no es necesario llevar a cabo un trabajo especifico para músculos tan pequeños o que no quiero desarrollar. Aún así a veces hago un ejercicio o dos de este tipo.

Uno de los principales errores  a la hora de afrontar el ejercicio es olvidarse de la importancia que tiene esta zona del cuerpo. Es fundamental. Yo presto cada vez más atención a esta parte: es donde antes se deja sentir la edad en las mujeres, ya que lo trabajamos menos que las piernas casi de forma natural (con las piernas nos movemos, subimos escaleras…) y cae de forma irremediable. Hay que hacer ejercicio para fortalecerla, para sacar forma bonita (si os apetece), pero en general, por la postura y por la confianza que da. Os sentiréis más fuertes y os dará una seguridad brutal que puede llevaros a poneros ropa con la que antes no os sentíais cómodas. Además, si queréis una tripa plana no tiene mucho sentido no trabajar el torso al completo. Es complicado que ensanchéis y hay que levantar unos pesos muy elevados para marcar en exceso…

¡Probadlo YA!

 

BELLEZA BAJO MÍNIMOS

No es extraño que cuando viene una racha difícil se nos junte todo. Es decir, es fácil que se nos solapen épocas de mucho trabajo, con épocas de ponerse mala y de pereza extrema. A mí me suele pasar así. Es como cuando no te llama nadie en toda la mañana, vas un segundo al baño y, solo entonces, te llaman tu jefa, tu madre, la persona ilocalizable a la que llevas días intentando contactar…TODAS a la vez. En un margen de tres minutos y medio. Pues lo mismo pasa con las rutinas de belleza. Sueles estar relajada y feliz, haciéndolo más o menos bien, hasta que se te junta el estrés laboral, con el cansancio, la enfermedad y los compromisos familiares. La vida sería muy aburrida si no pasasen estas cosas, ¿no? Así es la el ciclo de la vida y el ciclo de la belleza.

Nunca hay un momento perfecto en que todo esté bajo control y tengamos ganas todo el rato de cuidarnos, hacer deporte y comer aguacate (aunque a mí personalmente me el aguacate me apetece todo el tiempo). Así que, tras afrontar esa verdad verdadera, he decidido que cuando pase por esta clase de épocas desmotivadoras, las voy a contrarrestar con mis grandes estrategias de belleza bajomínimos. Esto es…

@annaliasko
@annaliashko

No abandonar el deporte. Se puede combinar el cardio suave (ir andando a todas partes) con ratitos de pesas. Lo de no ir al gimnasio porque no vas a hacer tu maravillosa rutina full body de hora y media es una trampa mortal cuyo resultado puede ser no pisar la sala de pesas en tres semanas. Vale más ir al gimnasio aunque sea media hora y hacer ejercicios muy intensos y que trabajen grandes grupos musculares, que no ir en absoluto. El cuerpo se mantiene y, lo mejor, la mente fit también. Yo al menos uso esta táctica para mantenerme en modo activo, y por eso aquí comenté que era especialmente importante que el gimnasio que elijamos esté relativamente cerca de casa o del trabajo, para poder hacer esas pequeñas escapadas en caso de necesidad imperiosa y mantener la actitud activa.

No ceder a la pereza culinaria. Esto me cuesta horrores. Soy capaz de no cenar con tal de no cocinar, eso es así. Pero el que no me haya muerto de inanición por alimentarme de colacaos y pan de centeno no quiere decir que eso esté bien. No me gusta nada dejar de comer fruta, es una de las cosas que mejor me sientan. Tampoco me gusta encontrarme la nevera vacía y sin nada rico que comer. Desde que descubrí el mundopuré, soy mejor persona. Me da mucha satisfacción dedicar mis tardes de domingo a cocinar un puré que me solucione las cenas de la semana. También me aseguro de tener suficiente fruta en casa, especialmente si sé que la semana va a estar terriblemente ocupada y no me va a dar tiempo a comprarla.

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Decir que no. Esto va más allá de la belleza, pero me lo tengo que aplicar más como base de mi paz mental. Me he dado cuenta de que esta semana (escribo siendo lunes) tengo (además del trabajo): conferencia vespertina, concierto, clases particulares y quedada con amigas (cancelando una clase de Pilates que me va muy bien). ¿Y dónde queda ese maravilloso tiempo para estar tirada leyendo o, simplemente, para hacer deporte, hacer la compra y cuidarme? Esto es muy yo: peto la agenda y luego me quejo de que no tengo tiempo para mí. Uno de mis grandes propósitos es saber decir NO a los planes y dejar de hacer malabares vitales para llegar a todo. Porque, no nos engañemos, es culpa mía no saber marcar los limites y apuntarme a TODO. ¿Quién me manda?.

Mimos varios. Como soy una obsesa de la belleza persona muy curiosa, tengo muchos productos de belleza acumulados de estos que no son para todos los días, tipo mascarillas faciales o capilares, aceites exuberantes, cremas untuosas para pies, mascarillas para manos (¡!)… y demás parafernalia que no tengo tiempo de usar normalmente. Mi objetivo es aprovecharlas más. ¿Por qué? Porque, al margen de su efectividad objetiva, tienen un componente psicológico de cuidado muy importante. Dedicarme unos minutitos al día y usar cosas que tengo abandonadas por falta de tiempo me conecta conmigo misma y me da la sensación de que me estoy priorizando. También me encanta escribir aquí, ver fotos de cosas bonitas, leer o hablar un buen rato con mi pareja. Todo vale para olvidarse del trabajo y de las neuras varias.

Creo que es el resumen perfecto. Cuidarse en todos los sentidos aunque estemos hostilizadas… ¡a ver si me aplico el cuento!

¡Feliz semana!

 

CÓMO COMBATIR LA CARA-CADÁVER

Cara cadáver o caráver. Je-je. Es malísimo. Lo sé. Bueno, empiezo.

Conozco perfectamente esa sensación. He pasado gran parte de mi vida estresada, teniendo entregas cada semana, siendo evaluada y juzgada, a veces muy duramente, en el ámbito laboral, donde las expectativas eran altas y la competencia aún mayor. Sé lo que es estar con la cara (y el cuerpo) color calamar y tener las muñecas como de alambre, ambas cosas de lo mal que comes. De no tener tiempo para cuidarte a tope y para disfrutar de la vida, que creo que es la clave de la belleza total. De no tener descanso. En esa época, a veces me daba por ir al gimnasio como si no hubiera un mañana, pero eso no me hacia tener mejor cara, podía incluso adelgazar demasiado y quedarme con carita lacia y decaída.  De verdad, sé de lo que hablo cuando digo que ir a tope con la vida te deja hecha una pasa.

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Bueno, como adelanté la semana pasada, ahora mismo estoy pasando una etapa vital MUY estresante (aunque nada comparado con lo anterior) y está comprobado por la ciencia que ir por el mundo de los nervios, estar en el trabajo con miedo a que en cualquier momento nos la líen o, simplemente, no poder más con la vida, es nefasto para la belleza. Y para todo, en realidad, pero no quiero abrir melones más serios relacionados con enfermedades incurables. Vamos a centrarnos en estar guapas, mimarnos y sentirnos cuanto antes como diosas poderosas. Lo que estoy haciendo yo estos días para volver a sentirme bien PESE a que el ambiente sea hostil nivel batalla de Stalingrado. Creo que no hay recetas mágicas, como en nada, así que os voy a contar qué hago yo cuando paso una racha terrible y quiero que mi cara vuelva a ser mi cara.

Normalmente abordo la cuestión en varios frentes. En primer lugar, siendo estricta con la limpieza nocturna y usando mis retinoles y demás parafernalia de la rutina de noche. Mucha mucha hidratación pastosa de la que me gusta, ácidos…. Esto me permite ver resultados por la mañana, la cara algo más uniforme y jugosa, pero sí, soy consciente, hay que superar la perecita de desmaquillarse. El truco para esto es encontrar un desmaquillante que te motive MUCHO. Yo lo encontré hace poco. La clave es que te medio apetezca ese momento limpieza tras llegar rendida y de mala leche a casa, ¡estoy segura de que esto les cuesta hasta a las coreanas!

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Ni el mejor maquillaje del mundo es capaz de tapar unas ojeras marcadas y una cara apagada por el estrés, por lo que yo intento dormir bien. Para mí lo de dormir 8 horas es un imposible, pero al menos 7 horas de sueño, o seis y media (¡señor!). No liarse viendo series o programillas absurdos de la tele. Las miserias de otros no nos van a hacer sentir mejor (a veces sí, pero pocas, vale más dormir). Si la cabeza me da vueltas y vueltas, lo mejor es coger un libro de ficción aunque sólo lea medio párrafo antes de caer presa del agotamiento.

Y luego, para por la mañana, no te cortes en invertir en un productazo rollo prebase glowy. Soy muy cansina con la mía de Tata Harper, lo sé, pero es que me alucina. Tengo de Mac, de Dr. Hauschka, pero sin duda el de TH es mi favorito… Aunque hay más, como el Hollywood Filter de CT (no lo he probado, pero todo son loas y halagos, tiene pinta de que me gustaría mucho). Las opciones son infinitas y tentadoras. Me he vuelto asquerosamente exquisita con estos productos porque me parece que los barateros forman una capa raruna en la piel que no termina de fundirse…como un velo opaco que no se integra en la piel. Para darlo solo en puntos estratégicos rollo iluminador, algunos lowcost van muy bien (mis favoritos son los de L’oreal y los de Catrice),  pero reconozco que al final acabo prefiriendo los más pijines. Si dudáis en hacer la inversión, pensad que duran MUCHO. Yo uso un pump para todo el rostro (hablemos en términos adecuados, ROSTRO, nada de ca-re-to) y me duran como un año… ¿¡Cuántas cenas de empresa habéis pagado que son igual de caras que uno de esos botes de luz!?. ¿Y cuánto contribuyeron a vuestro bienestar…? Pues eso.

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Y a mí me iluminó mucho este vídeo de Lisa Eldridge. Es muy antiguo, pero trata muy bien de cómo disimular con el maquillaje La Mala Cara por excelencia, la peor de todas, la de cuando te han dejado. Da muy buenos trucos. Yo, por mi parte, intento no pasarme de creativa con las sombras (nada de colores rojizos, me da igual lo que digan Natasha Denona o los de Urban Decay), ahumar el ojo elevándolo usando siempre colores naturales y, sobre todo, trabajar con cosas tipo colorete, bronzer… Todas esas sutilidades que te dan un poco de alegría, siempre que las uses en poca cantidad, que se aprecie ese súper (fake) glow que sale de tus poros.

Quería hablar de muchas cosas más, pero está quedando un post muy largo, prefiero dividirlos. ¡Que paséis buena semana!

 

VOLVER, VOLVER, VOLVER…

Las vacaciones nos encantan. ¿A quién no? No conozco a nadie que ame tanto su trabajo que pueda prescindir de unas buenas jornadas de asueto. Apagar el móvil de trabajo y a volar. En general, vuelves con mejor cara, descansada y… quizá alguna hasta con más ganas de trabajar. Pero las vacaciones tienen una parte mala, y es que es muy posible que te desmadres. Yo lo hago. Es complicado mantener lo hábitos saludables en un entorno que invita a todo, menos a comer sano. Ya me pasó en verano y ¡ni siquiera eran vacaciones!.

A finales de enero he disfrutado de unos merecidísimos días de descanso con amigos, en un entorno inigualable y blablabla… Ha estado genial, pero reconozco que los días de no tener rutina y de comer como sitalcosa, no me han sentado bien. El domingo volví a casa creyendo morir (ya en el coche tenia unos retortijones horribles) y con una sensación… como de asqueamiento. No sé si me explico. Me pasa a veces, cuando transcurren varios días en que estoy rodeada de comida y me dejo llevar totalmente: ingiero pura basura y acabo hinchada, cansada y sintiéndome con cero energía, incluso aunque haga algo de deporte. Pues así estaba este domingo. Nada más llegar tuve que ir corriendo a hacer una compra sana (o una compra en general, ¡no tenía nada en la nevera a parte de medios limones secos!) y empecé un proceso purificador para volver al buenorrismo que espero mantener al menos cinco días:

  • Bebí una infusión de hinojo bien grande y suplementada: muy recomendable para los gases y malestar del aparato digestivo.
  • Tomé un batido gigante de fruta (con mucha espinaca y apio).
  • Hice un caldo de verdura (que mutó en puré una vez me di cuenta de mi fracaso como creadora de sopas).
  • Decidí que iba a comer ensaladas como base en combinación con otras cosas: arroz, especialmente, pero también quinoa, pollo, aguacate… Es decir: plato gigantesco de ensalada con muchas, muchas cosas sanas y que me saciaran.

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Una de las cosas que más noté en los días de vacaciones es lo adictivo que, efectivamente, es el azúcar. Como ya dije, he reducido una barbaridad mi consumo de esta sustancia, siempre dentro del realismo y de las renuncias aceptables (evitar bollería, no añadir azúcar al café ni a los batidos, no consumir edulcorantes para acostumbrarme al verdadero sabor de las cosas…). No me iba mal, es algo totalmente asumible de hacer, si queréis probarlo. Pero en la nieve, al final, el cuerpo me pedía barritas energéticas y súper azucaradas y, en parte, me adaptaba a las cosas que había para desayunar, lo cual no incluía, creedme, batidos de apio y kale. Eso me desató: total, los bollitos estaban ahí y álguien tendría que comérselos, si total, qué más da. Con lo cual, ahora estoy en pleno proceso de dolorosa desintoxicación azucarera. ¡Es increíble cómo el cuerpo lo pide con ganas, especialmente después de comer!. Se me hace durísimo… Hay que aguantarse y, hasta cierto punto, pasar el mono. Quiero aclarar que esto no va de calorías: yo el bollo lo quemaba de sobra y si no, tampoco pasa nada, es un momento excepcional. Lo que trato de subrayar es lo puto adictivo que es el azúcar y que ahora me pregunto si de verdad esa bollería industrial y envasada en sudorosos paquetitos de plástico mereció la pena… Creo que no.

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Además, me sentía un poco descuidada, me da placer volver a la rutina de cuidarme: mi pelo estaba hecho una bazofia. Literalmente, tenía un nido de cigüeña en la cabeza: los gorros de lana, haberme olvidado mis productos favoritos, la pereza, el frio…¡Todo hizo mella! Hubo que hacer ataque frontal: aceite de coco intensivo, champusito rico y mimos, mimos, mimos. No me emociona cuidarme el pelo ni me interesan mucho los productos capilares, pero lo tenía verdaderamente fatal. Es posible que me haga un baño de color dentro de unos días y quizá le corte las puntas para devolverle algo de forma.

Las manos… ¡Las MANOS! Hacía tiempo que no escondía las manos en el trabajo del corte que me daba enseñar las garras en la oficina (esto ya antes de irme). Uñas mordisqueadas, desconchadas, con capas y capas de esmalte… ug, en serio. El mismo día me tuve que ir a un sitio corriendo a hacerme la manicura permanente y olvidarme, al menos durante dos semanas, de tan engorroso asunto. De verdad, ¡¿por qué no puedo haber superado ya lo de morderme las uñas?! Yo pensaba que con la madurez, además de arrugas, vendría una sabiduría que brotaría de mi interior y que me  haría dejar de hacer cosas estúpidas y malas para mi salud (como beber en exceso, fumar y tatatatatatta), pero veo que no. Tengo que ponerme seria con este tema porque en lugar de manos tengo muñoncitos, es un rollo y encima duele.

Por otro lado, la cara estaba hecha un cristo. El frío, la falta de rutina (ojo, me llevé mis cremas y fui muy constante con la limpieza, pero el frio invernal no perdona, y notaba que me faltaban los ácidos, el tónico, el cepillo facial… TO-DO). Hubo que hacer una cura intensiva de mascarilla de camomila, crema milagrosa y ungüentos varios.

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L’ATELIER D’AL

Y bueno, aunque hice mucho ejercicio estos días, la vuelta al gimnasio ha sido muy dura. Estaba cansada, desganada, desmotivada y un poco meh con  mi rutina. He tenido que buscar nuevos ejercicios que me hiciesen volver al redil de los cuidados con ganas, cosa que me está costando mucho. Me vuelvo a notar estancada y un poco en modo inercia.

Pero, recordad, lo importante es VOLVER. Por haber tenido unos días malos (yo enganché MUCHOS: convalecencia estomacal + viajecito con amigos) no significa que haya que tirarlo todo por la borda. Simplemente hay que cambiar el enfoque: nunca vamos a hacerlo todo perfecto, NUNCA, la vida está llena de momentos que hay que disfrutar, como un viajazo  a un destino nuevo cuya gastronomía queramos probar; o bien, hay momentos en que caemos enfermos y no nos apetece cuidarnos ni hacer ejercicio. Es parte de la normalidad y conviene abrazarlo como una fase más de la rutina bellecil, es un ciclo. Por tanto… ¡QUE NO DECAIGA!.

(Portada: @merilozanop)

LA IMPORTANCIA DE LOS MIMOS

A veces me da la impresión de que todo lo que hacemos para estar bien (aka-guapas o como se quiera decir) ha de suponer un esfuerzo o algún tipo de restricción. A medida que tomas conciencia de lo que le sienta bien a tu cuerpo, muchas veces debes dejar atrás cosas que gustan mucho. Personalmente vivo muy en el “debes“: debes hacer ejercicio, comer esto, no comer lo otro, hacer esto, no hacer lo otro. A veces me estreso yo sola.

Esta semana volví a hablar un buen rato con esta amiga mía dedicada a temas de salud-investigación, ya que me encanta su enfoque de la alimentación. Me alucina lo que sabe de enfermedades como el cáncer y lo relacionado que está con lo que comemos, me flipa su piel…Se nota que se cuida a base de comida y no de cremas caras, y eso es algo que me interesa cada vez más.

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Entre otras cosas (como el vinagre de manzana como antioxidante potentísimo y limpiador del organismo [tengo que investigarlo más] e insistirme en el tema del zumo de limón, que ella hace cada mañana sin excepción), estuvimos hablando de lo importante que es ser flexible o, más bien, indulgente con una misma. No se puede hacer todo siempre bien. Pese a que es una persona que, precisamente por conocer bien la industria alimentaria, evita miles de alimentos supuestamente sanos y otras trampas healthy que nos tienden los grandes fabricantes de mierdas varias, me dijo: oye, de vez en cuando relajo. Alguna vez en casa pedimos una pizza enooooorme familiar repleta de grasas y punto, no pasa nada, siempre que normalmente hagamos las cosas bien.

Me gusta esta idea (que no es nada nueva, obviamente), de poderse relajar un poco con las cosas. Reconozco que me encanta salir a comer, que me flipa el queso, el vino, las aceitunas, los helados, los snacks llenos de glutamato…. ¡Me gustan mucho!. Y vivir en una sensación constante de privación me produce mucho estrés, creo que innecesario. ¿Por qué? Por que ni soy modelo, ni vivo de mi físico y porque a nadie le importa, más que a mi, lo bien o mal que yo me vea.

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Todo este discurso happy puede parecer contradictorio con ir al gimnasio de forma consciente, mirar lo que como (en general) y darme muchos productos cosméticos. Pero no lo es. Voy al gimnasio de forma consciente y con objetivos porque me ha dado una confianza en mí misma que jamás antes había tenido. Antes siempre pensaba que ojalá tuviese el cuerpo como una modelo. Cuando empecé a entrenar en serio, un poco al tuntún y francamente no sé ni los motivos que me llevaron a ello, empecé a verme un cuerpo bonito y fuerte, súper femenino, y en el que me encontraba a gusto. ¿Era cuerpo de modelo? No, y menos mal, para optar a eso hubiera tenido que dejar de comer, literalmente, y creo que no me vería bien en un cuerpo tan delgado, ya que no es mi constitución. También, obvio, cuido lo que como, entre otras cosas porque si hago deporte fuerte mi cuerpo no puede vivir a base de tostadas de pavo, tengo que comer contundente pero hay que elegir bien lo que le das y evitar lo que te sienta mal. Además quiero que mi piel, mi pelo y mis uñas se vean bien, y para eso hay que comer las cosas adecuadas, no bollitos de marcas de cereales supuestamente llenos de fibra (aunque realmente son puro azúcar). Y me doy muchos potingues y me maquillo porque me encanta la cosmética y el maquillaje. Ese momento del día de endiosarme antes de salir o al volver a casa es oro puro, forma parte de mi autoestima y de quererme a mí misma. Creo que si te lo puedes permitir y te apetece gastarte 50 euros en un tónico, debes hacerlo. Te lo mereces, ¿porqué no? Apetece mucho más limpiarse la cara si sabes que luego te vas a dar ese producto que tanto te gusta y que te hace sentir tan bien. La cosmética es más eso que hacer milagros con las arrugas…

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Y por eso mismo creo que de vez en cuando está genial permitirse vaguear un poco, comer alguna cosa insana… Yo noto que cuando hago eso luego vuelvo con muchas más ganas a la vida sana. No sé si me estoy explicando. Que creo que tanto ir a hacer pierna al gimnasio porque te apetece tener un buen jamón firme como, en un momento dado, devorar una pizza enorme con tus amigos, tiene que ser parte de estar bien y de mimarse el cuerpo y el alma (un poco cursi ha quedado, sí). La parte psicológica es fundamental, y saber que no restringes cosas en plan locura y que si te apetece en un momento dado algo más graso, lo podrás comer, invita a ser más constante cuando el cuerpo puede serlo. La promesa del premio es maravillosa…