POR QUÉ TIENES QUE COMER COMO TU NOVIO

Hace eones (voy a decir que 15 años, pero perfectamente podrían ser 20, y esto da muchísimo miedo) leí un articulillo en Glamour UK que me impactó. No sé si leíais hace años esta revista, era excelente, yo la leía en plan guilty pleasure, justificándome con que así mejoraba mi inglés. Eso explica porqué ahora sé describir un pintalabios o un pantalón bombacho, pero soy incapaz de explicarle a un operario qué problema tengo con la tubería del baño, bastante más necesario para subsistir. En fin. #Sesgodegénerosince1998. Me estoy liando. Era una revista femenina interesante y (para mi gusto) mejor hecha que las que teníamos aquí.

Entre los millones de chorriarticulos que leí, y que probablemente cortocircuitaron mi sistema para siempre, hubo uno del que todavía me acuerdo por lo acertado que me pareció. Se llamaba “Come como tu novio” o algo así. Explicaba cosas que ahora son una evidencia nutricional y que todas sabemos, pero oye, lo contaba con gracia. Me sentí súper identificada y vi que era una tónica que YO ESTABA REPITIENDO y que, efectivamente, era bastante nefasta para la dieta. Quizá a vosotras también os pase. Estos eran los fallos de los que recuerdo que hablaban.

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No pedir comida contundente (o comida real): típica escena. Vas un viernes a cenar con tu pareja (o con quien sea) a una hamburguesería pero tú estás en modo “me quiero cuidar”. Él se pide una macro hamburguesa y tú una triste ensalada César. Lo pides casi con orgullo, que todos vean lo sana que eres (y lo gocho que es tu novio a tu lado). Aquí pasan dos cosas chungas. Una, como eres tan sana, tan sacrificada y tan super healthy, para compensarlo y premiarte, no te parece mal pedir unos aros de cebolla como entrante (más verdura, ¿no?). Sientes que puedes comerlos porque la ensalada los compensa, claroquesiguapi: más grasaza. Y dos, cuando llega tu ensalada, baia, baia, resulta que no es tan sana: kilos de pseudoparmesano en polvo por encima, trozados de pollo rebozado y frito, salsa de 300 calorías para darle sabor y unos trocitos de “pan” tostado por encima. Eso sí, las hojas mustias de lechuga iceberg que flotan en la salsa son verdura, por lo que sigues siendo técnicamente una santa-mártir nutricionalmente hablando. Pero lo que va a pasar, amiga, es que estarás comiendo basura igualmente. Hubiera sido mejor opción haberte pedido una hamburguesa (o lo que sea que de verdad te apeteciera), saciarte bien (la carne sacia bastante, en una hamburgueseria rara vez me acabo las patatas, por ejemplo) y al menos sería proteína, que te mantendría saciada muchísimo más tiempo. Esto evitaría el segundo punto…

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Tomar postre: muchas veces he observado que los tíos pasan del postre. A ver, es una generalización, hay hombres golosos, pero normalmente, comiendo fuera en grupo, las que hacen fuerza para pedir un postre compartido suelen ser las mujeres (o mis amigas, por si esto solo me pasa a mí y estoy siendo ofensiva). Quizá porque ellos comen mucho más de los platos principales o porque no tengan esa necesidad de dulce, no lo sé. En cuanto a nosotras, puede ser porque la ligera ensalada de antes no nos ha saciado (lo mas probable) o porque hayamos hecho esa magia mental de compensarnos a nosotras mismas por haberlo hecho bien cenando verdura. El caso es que quieres postre. En cambio, si una pide un plato grande y lo come entero, sin privaciones, muchas veces no quedan ganas para meter ese extra de dulce. Haced la prueba.  Cuando me digo a mi misma: hoy me ceno la pizzaca esa que me encanta, y me la como toda, no “un trocito” haciéndome la lánguida, suelo quedarme petada y satisfecha. No hay necesidad de “dejar huequito” para ningún postre porque es que ni me lo planteo.

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Llévame de aquí a mis vacaciones, gracias.

Picotear entre horas sin ton ni son: no sé cómo funciona esto, pero es algo que veo con bastante frecuencia. Yo siempre picoteo MUCHO más que mi pareja. Si vamos al cine, yo quiero palomitas grandes y estar a pienso toooooda la película. Si vamos de viaje, la que quiere comprar dos bolsas de patatas fritas soy yo, y yo soy quien se las come casi enteras. Igual él pica algunas, sí, pero llega un punto en que “sanamente” dice que ya no quiere más (odioso, lo sé). A mí lo de no querer más patatas fritas (o doritos, o bocabits o cualquier guardada de esas) no me ha pasado en la vida. Si tengo delante una bolsa, me la como, tengo que acabarla sí o sí. Igual esto tiene mucho que ver con comer por aburrimiento o con el emocional eating, no lo sé, pero es así. Luego, cuando llegamos al destino, o cuando paramos a comer, mi pareja se pide un filete de ternera con patatas (o un pepito, da igual, comida de verdad, me refiero). Y se la come felizmente mientras yo no como nada porque “estoy llena” (aunque ese estar llena sea básicamente haber comido puras grasas trans y mierda de cero aporte nutricional). Al rato, por supuesto, vuelvo a tener ganas de picotear cualquier cosa. Y así, el bucle sin fin.

Seguramente el artículo contaba más cosas, pero era todo en esta línea. ¿Qué pensáis? A mi me da la sensación de que ellos tienen una relación mas normalizada con la comida, también porque no están sometidos (o no lo estaban, hasta hace poco) a taaaaanta presión por el físico; pero creo que sí, que sienten menos culpa, por no decir ninguna, con el tema de la comida/excesos, lo cual les lleva a una menor ansiedad por comer, LO CUAL LLEVA A COMER MEJOR, francamente. Y si comen mal, pues no les veo torturarse tanto. De hecho, haced este experimento: poned en el buscador “women eating” y “men eating” y comparad las imágenes. Me parece muy esclarecedor y hablan por sí solas.

Resumiendo, y al margen de “los novios”: es mejor comer lo que te apetezca que tratar de engañar a tu cerebro con pseudo tretas que solo te llevan a fustigarte y a acabar comiendo lo mismo a nivel calórico pero seguramente mucho peor a nivel nutricional. Si te apetece un capricho dátelo y sigue adelante con tu vida. Compénsalo con deporte o, sinceramente, no te tortures y no piense en compensarlo: disfrútalo y punto.

TE PIBONISSSOO!

En momentos así tan frenéticos como en el que me encuentro ahora, si veo que no puedo cumplir con una rutina de diosa poderosa (y lo veo perfectamente, para qué mentir), tengo que engañar a mi cerebro con pequeñas tretas para seguir a tope.

¿Que por qué? Porque tengo una mente maquiavélica y perversa. Mi cerebro me llama desde el abismo de la grasa, el alcohol y el desenfreno y me dice: ven tonta, te va a gustar, si total no estas yendo al gimnasio, déjate llevar al mundo de nunca jamás (serás sana). Sí, toma, fúmate un cigarro absurdo mirando al infinito y quéjate de lo mucho que echas de menos el deporte mientras te comes esos panchitos, jijiji. Ahora encarga una pizza. Te sentirás mejor, créeme. Es muy cabrón mi cerebro, se lo he hecho pasar mal y me la tiene jurada.

Entonces tengo que ser fuerte. Primero, porque al no estar en mi zona de confort fit, con mi gimnasio, mis horarios organizados y demás, es bastante cierto que no estoy haciendo nada y el peligro de dejarme llevar y estar por mi salón en camiseta bata de seda devorando pringles durante meses es una amenaza real. Y segundo porque, hasta cierto punto, me encanta gochear y vaguear. Pero claro, ¿cómo me pongo seria, si no tengo nada con lo que ser seria? No hay deporte, estoy un poco limitada con el tema cocinar y hacer la compra y… cada vez tengo menos ganas (soy humana, ¿vale?).

Pues le engaño adaptándome al entorno cual camaleón y encontrando el modo de verme bien haciendo nada o incluso haciendo cosas que me gustan mucho. Pibonissando la mente, vaya. Estas son esas pequeñas cosas con las que me pibonizo y me engaño un poquito para seguir por la senda del bien:

  • Complementos: hay que llevar complementos, PUNTO.  Me he comprado unos pendientes un poco excesivos y locos, y los estoy disfrutando mucho.  Ya me han preguntado dos personas por ellos. Y yo me siento como una modelo de las que marcan tendencia. Bueno, a ver, que me he venido arriba, me siento un poco más guapa, que no son pendientes mágicos tampoco. No dudéis del poder de los abalorios, joyitas y demás chatarra que embellece. Pero procurad que sea de la que no se pone verde en tres días. Es tirar el dinero si no… (a ver si yo misma me aplico más el cuento).

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  • Maquillar, maquillar, maquillar: ritual mañanero impepinable. Creo que me da paz. Ale, ya lo he dicho. Hay gente que medita y hace OMmmm. Yo uso polvos de sol y me ahumo los ojos para afrontar el día con energía. #Pleasedontjudge. Hay que encontrar algo que os guste mucho hacer y que os haga sentir guapas. Yo, cuando pasaba horas y horas encerrada en mi casa y vestida como Cenicienta pero con gafas, reservaba el rato de después de comer para maquillarme fullface tomando un megacafetazo como si fuera a salir inmediatamente. Luego ya estaba arreglada para quedar o para ir al gimnasio (sí, iba maquillada, no me matéis). Me veía mejor, usaba mis productos que tanto me gustan y era una cosa fácil de hacer y muy, muy placentera.
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Movimiento contra la falsa belleza natural. No estás sola.  
  • Busco alguna instagrammer que haga ejercicio en casa para copiar alguna tabla y no tener excusas tipo: claro, es que no tengo rack/multipower/máquina de poleas en casa (obvio), entonces no puedo hacer NADA (pero nada, nada) de deporte, ya lo dejo para cuando me apunte al gimnasio nuevo, sí, el mes que viene ya si tal. No. Engaña a tu cerebro, ponte algo en la tele, si es que sigues viendo la tele, o música, o lo que sea y actívate. Ayer quemé exactamente 300 calorías con 45 minutos de ir por mi casa cual posesa dando saltos y haciendo sentadillas.

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  • Intento elegir comer sano. Estoy como un zepelín, efecto colateral del cambio de dieta, por lo que estoy tratando de evitar comer cosas innecesarias tipo “cosas de picar que no me gustan pero que sacan en alguna reunión y me distraen” (comer por aburrimiento de toda la vida). También evito comer por compromiso en el trabajo si llevan cosas que no me gustan especialmente (¡maldito team building!): muchas graciasssssss, me lo llevo al despacho y ahí se queda, o me lo llevo a casa y alguien se lo comerá. Esto ya lo comenté en algún post, pero creo que hay que reservar los momentos capricho para cosas que disfrutemos de verdad y no caer en el “es comida gratis” si os sacan algo de picar que ni os va ni os viene. Quizá esto me resulte fácil porque no me gustan los refrescos ni los dulces, que es lo que suele ofrecerse por ahí. Es decir: piensa bien si de verdad quieres comerte esas galletitas saladas medio rancias y no prefieres acumular ese extra para darte un homenaje el fin de semana.

 A  todo esto me pibonissa. Me siento bien y creo que me veo un poquito mejor y además, lo más importante, es MUY FÁCIL DE HACER, cero esfuerzos.  

¡Las fotos son de Pinterest todas!

¡UY!

Ups. Qué vergüenza, ¡más de dos meses sin publicar ni una entrada! MAL! Estaba, de hecho, bastante orgullosa de mi ritmo de publicaciones de las ultimas semanas. Todo iba bien, me estaba cuidando, había vuelto incluso a leer (novelas y tal, no sólo VERNE y websites de belleza), estaba encontrando un buen equilibrio vital cuando…zassssss, me cambié de trabajo, con ello de oficina y todo lo que eso conlleva. Entré en un bucle de caos nihilista.

¿Se nota lo MUCHO que me gusta la rutina? ¿He explicado lo puto histérica que me pone no saber qué va a ser de mi en los próximos meses, semanas…? Cuando leo entrevistas de fundadores de startups/freelancersporelmundo/emprendedores mochileros y demás fauna milennial “inquieta y creativa” que disfruta de “vivir la vida según viene y de improvisar” se me ponen los pelos de punta. Gracias, pero NO, gracias. Dame una buena rutina, que ya me encargo yo de ser feliz y creativa por mi cuenta con mi weeklyplanner de colorines planificando cosas. Esa gente puede irse a abrir un hotelito rural en las costas de Tailandia, que YO ESTOY BIEN tal y como estoy.

Bueno, que me puse nerviosa y me olvidé de que tenia un blog. ¿Me he cuidado este tiempo? Ehhhhh bueno. Bastante tenía con lo mío. A ratos he estado fatala, a ratos retomaba, luego no comía en tres días (nervios), luego comía 8500 calorías en una cena. Todo muy irregular. Al menos ahora estoy durmiendo bien y algo más seria con el ejercicio. BIEN.

Pero estoy súper contenta. Gimnasio nuevo, quizá piscina, puede que me apunte a Yoga… Nueva rutina facial veraniega y nueva rutina de deporte. Estoy EMOCIONADA: nuevas rutinas. Salivo solo de pensarlo. Pero me he portado TAN mal estas semanas…ayyyyy :(.

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Estoy ultramotivada. YAY.

 

POR QUÉ NO ME FUNCIONA EL AYUNO INTERMITENTE

Ay… qué mal. Otra vez aquí recogiendo cable. ¡Siempre igual! A principios de año, muy optimista yo, me prometí que iba a probar lo de los ayunos intermitentes. Era uno de mis propósitos de año nuevo, de mis MUCHOS y poco realistas propósitos de año nuevo. Primero, porque a mi todo lo que sea una moda healthy me atrae y, segundo, porque parecía una forma de comer lo mismo, pero haciéndolo todo más digerible y lo más limpio posible para mi pobre intestino, infestado de bacterias malasmalosas. Sí, el ayuno iba a ser la llave de la verdadera salud. YEAH.

No creo que haya nadie sobre la faz de la tierra que no sepa de lo que estamos hablando, pero por si acaso, se trata de reducir las horas del día durante las cuales comemos, de forma que cuanto más tiempo dejemos sin comer (especialmente entre la cena y el desayuno) más tiempo tendrá nuestro aparato digestivo para absorber nutrientes y para limpiarse antes de volver a comer, en lugar de recomenzar el ciclo de digestión al poco rato porque hemos vuelto a ingerir comida. Viene a ser la némesis del famoso comercadatreshoras que recomiendan los nutricionistas. No es un método de adelgazamiento ni una dieta. Hay mil formas de hacerlo: 12 horas de ayuno vs 12 horas de comer normalmente, 16horas sin comer vs 8 horas de sí comer … La gente dice que siente más energía y que notan efectos globales positivos. Yo me lo creo, la verdad.

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Pero a mí no me funciona. Me he dado cuenta, tras intentarlo incluir en mi rutina de cuidados, que no encaja nada con mi vida: yo ceno tarde y desayuno pronto, es así y es muy difícil de cambiar. Desayuno mi super batido de verdura y fruta + mucha avena con café y luego, por la noche, ceno tarde y generalmente abundante. Aunque a medio día me basta una crema o una sopa para comer,  tampoco parece muy posible abrir una ventana de AYUNO entre las 8’30 de la mañana y las 22, ya que suelo comer con colegas, quedar para tomar cafés e ir al gimnasio (hambre)… Me parece complicarme la vida para, total, tampoco ver un cambio sustancial (por lo que parece, hay estudios que dicen que realmente no sirve de mucho).

Por otro lado, llevo una par de días en que no ceno (habiendo comido mucho durante el día) por circunstancias varias absolutamente ajenas a mi voluntad y, aunque probablemente me haya limpiado durante la noche, noto un cansancio brutal. No noto más hambre, al contrario, cuanto menos como, menos quiero comer, pero no me encuentro bien anímicamente. Estoy hecha un trapo de fregar. A mí no me va bien estar tantas horas sin comer, lo he comprobado en varias ocasiones.

Ojo, que picar cada tres horas me produce el efecto contrario: sentir hambre/ansiedad por la comida todo el tiempo, pensando en el siguiente snack sano. Mi conclusión es que soy un animalejo de costumbres, y que comer tres veces al día simplemente me va bien. Me gusta cenar mucho, dormir, y desayunar abundante por la mañana, si hay tiempo y ganas de prepararlo, of course y ya si eso comer algo ligero a mediodía

Conclusión:  no trato de desmontar nada ni tengo nada en contra del ayuno intermitente. A quien le vaya bien, genial, pero es muy poco operativo en el tipo de vida que yo llevo. Bastante complicado ya es no picar ganchitos entre horas como para tener que controlar que no pruebas bocado en 16 para no romper el ayuno (aunque 8-6 de esas horas se supone que estás durmiendo).

¿Alguien lo ha probado y puede contar las maravillas que aporta? ¡Igual así nos motivamos!

Fotos: Crystal Renn por Terry Richardson.

 

LA CLAVE DEFINITIVA PARA PONERTE CUALQUIER TOP

Hace ya un tiempo, tuve una iluminación biuty bastante fuerte. Fue algo de lo que yo no me había dado cuenta antes porque no sabía que podía pasarme a mí o que yo podría lucirla como lo hacían otras personas. Esa iluminación fue comenzar a trabajar, apreciar y cuidar mi espalda.

Ya he hablado de sobra de mi patética prehistoria gimnasiera y de la época de pensar que la clave para que la ropa me quedase de pibón total era estar palermizada. Lo que viene siendo una adolescencia y una veintena, como la de tantas chicas, en la que crees que lo que te va a hacer estar mejor es perder peso o algo así (cuando obviamente, estás en tu peso perfecto). Pero luego, a la hora de la verdad, como soy una chica bastante normal (no una persona alta, esbelta y de naturaleza famélica), lo de estar delgada pues pséeeee, tampoco es que me cambiase mucho… que no, que no era eso. No me veía ni especialmente favorecida ni muy mejorada. A todo esto, yo seguía con mis rutinas full body sin peso en el gym, unas tres veces por semana o así, pensando que cumplía (pero que el deporte no servia para nada y todo ese rollo).

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La cuestión es que, cuando empecé a tope con el gimnasio, obviamente dividía los días en tren superior y tren inferior, generalmente dando algo más de prioridad al inferior, pero descubriendo que, sorprendentemente, era bastante entretenido trabajar la parte superior de mi cuerpo. Antes no le dedicaba nada de atención, no fuera a ser que cogiera DEMASIADO VOLUMEN (ese unicornio). Pero el caso es que, trabajando al dos días en semana (y sin matarme mucho), empecé a ver cositas, cositas que me gustaban.

Antes he hablado de la espalda en general, pero desde luego no fue lo único que mejoró ni lo primero que aprecié (por una cuestión que tiene que ver con que aún no giro la cabeza 180º): por ejemplo, me empezaban a gustar mucho mis hombros, una cosa loca. Me hacia gracia subir los pesos y que se marcasen los músculos (sí, ya era como los cachitas de gimnasio). Pero luego, en ropa no-de-deporte, no me veía músculos marcados en plan Hulk, simplemente me notaba con formas más chulas. La ropa me quedaba mejor, los tops especialmente. Y si eran sin mangas, mejor. Y eso que mis brazos nunca jamás me han gustado mucho. Pues ahí estaba yo, con mis bodies diminutos enseñando cacho. ¿Qué me estaba pasando?.

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Pues que la musculatura, bajo mis carnitas, se marcaba más, se veía firme y había cogido una forma que a mí, personalmente, me gustaba bastante, especialmente en hombros y tríceps, pero también en la espalda. Fue sorprendente y creo que fue una de las bases para el cambio físico que experimenté en esa época. Recordad que la espalda nos sostiene (no exactamente, pero yo me entiendo) y contribuye a tener un buen core o centro corporal y ayuda a nuestra postura, que tiene mucho que ver a su vez con nuestra presencia en el mundo. No es igual ir encorvada y hecha un ovillo que ir erguida, caminando con el esternón hacia delante, como dice una monitora.

Cuando dedico un día a la parte de arriba, me centro mucho en hombro (favoreciendo el levantar mancuernas de frente, no de lado), espalda en parte superior (me explico de pena) e inferior (las lumbares quedan de lujo un poco marcadas y compensan el trabajo abdominal) y tríceps. Prefiero muchas repeticiones con un peso moderado, pero no ridículo. No os engañéis con eso, si no notáis nada es que no estáis haciendo nada, tiene que costar un poquito. En cambio, no trabajo apenas pectoral ni bíceps, ya que considero que en mi caso no es necesario llevar a cabo un trabajo especifico para músculos tan pequeños o que no quiero desarrollar. Aún así a veces hago un ejercicio o dos de este tipo.

Uno de los principales errores  a la hora de afrontar el ejercicio es olvidarse de la importancia que tiene esta zona del cuerpo. Es fundamental. Yo presto cada vez más atención a esta parte: es donde antes se deja sentir la edad en las mujeres, ya que lo trabajamos menos que las piernas casi de forma natural (con las piernas nos movemos, subimos escaleras…) y cae de forma irremediable. Hay que hacer ejercicio para fortalecerla, para sacar forma bonita (si os apetece), pero en general, por la postura y por la confianza que da. Os sentiréis más fuertes y os dará una seguridad brutal que puede llevaros a poneros ropa con la que antes no os sentíais cómodas. Además, si queréis una tripa plana no tiene mucho sentido no trabajar el torso al completo. Es complicado que ensanchéis y hay que levantar unos pesos muy elevados para marcar en exceso…

¡Probadlo YA!

 

BELLEZA BAJO MÍNIMOS

No es extraño que cuando viene una racha difícil se nos junte todo. Es decir, es fácil que se nos solapen épocas de mucho trabajo, con épocas de ponerse mala y de pereza extrema. A mí me suele pasar así. Es como cuando no te llama nadie en toda la mañana, vas un segundo al baño y, solo entonces, te llaman tu jefa, tu madre, la persona ilocalizable a la que llevas días intentando contactar…TODAS a la vez. En un margen de tres minutos y medio. Pues lo mismo pasa con las rutinas de belleza. Sueles estar relajada y feliz, haciéndolo más o menos bien, hasta que se te junta el estrés laboral, con el cansancio, la enfermedad y los compromisos familiares. La vida sería muy aburrida si no pasasen estas cosas, ¿no? Así es la el ciclo de la vida y el ciclo de la belleza.

Nunca hay un momento perfecto en que todo esté bajo control y tengamos ganas todo el rato de cuidarnos, hacer deporte y comer aguacate (aunque a mí personalmente me el aguacate me apetece todo el tiempo). Así que, tras afrontar esa verdad verdadera, he decidido que cuando pase por esta clase de épocas desmotivadoras, las voy a contrarrestar con mis grandes estrategias de belleza bajomínimos. Esto es…

@annaliasko
@annaliashko

No abandonar el deporte. Se puede combinar el cardio suave (ir andando a todas partes) con ratitos de pesas. Lo de no ir al gimnasio porque no vas a hacer tu maravillosa rutina full body de hora y media es una trampa mortal cuyo resultado puede ser no pisar la sala de pesas en tres semanas. Vale más ir al gimnasio aunque sea media hora y hacer ejercicios muy intensos y que trabajen grandes grupos musculares, que no ir en absoluto. El cuerpo se mantiene y, lo mejor, la mente fit también. Yo al menos uso esta táctica para mantenerme en modo activo, y por eso aquí comenté que era especialmente importante que el gimnasio que elijamos esté relativamente cerca de casa o del trabajo, para poder hacer esas pequeñas escapadas en caso de necesidad imperiosa y mantener la actitud activa.

No ceder a la pereza culinaria. Esto me cuesta horrores. Soy capaz de no cenar con tal de no cocinar, eso es así. Pero el que no me haya muerto de inanición por alimentarme de colacaos y pan de centeno no quiere decir que eso esté bien. No me gusta nada dejar de comer fruta, es una de las cosas que mejor me sientan. Tampoco me gusta encontrarme la nevera vacía y sin nada rico que comer. Desde que descubrí el mundopuré, soy mejor persona. Me da mucha satisfacción dedicar mis tardes de domingo a cocinar un puré que me solucione las cenas de la semana. También me aseguro de tener suficiente fruta en casa, especialmente si sé que la semana va a estar terriblemente ocupada y no me va a dar tiempo a comprarla.

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Decir que no. Esto va más allá de la belleza, pero me lo tengo que aplicar más como base de mi paz mental. Me he dado cuenta de que esta semana (escribo siendo lunes) tengo (además del trabajo): conferencia vespertina, concierto, clases particulares y quedada con amigas (cancelando una clase de Pilates que me va muy bien). ¿Y dónde queda ese maravilloso tiempo para estar tirada leyendo o, simplemente, para hacer deporte, hacer la compra y cuidarme? Esto es muy yo: peto la agenda y luego me quejo de que no tengo tiempo para mí. Uno de mis grandes propósitos es saber decir NO a los planes y dejar de hacer malabares vitales para llegar a todo. Porque, no nos engañemos, es culpa mía no saber marcar los limites y apuntarme a TODO. ¿Quién me manda?.

Mimos varios. Como soy una obsesa de la belleza persona muy curiosa, tengo muchos productos de belleza acumulados de estos que no son para todos los días, tipo mascarillas faciales o capilares, aceites exuberantes, cremas untuosas para pies, mascarillas para manos (¡!)… y demás parafernalia que no tengo tiempo de usar normalmente. Mi objetivo es aprovecharlas más. ¿Por qué? Porque, al margen de su efectividad objetiva, tienen un componente psicológico de cuidado muy importante. Dedicarme unos minutitos al día y usar cosas que tengo abandonadas por falta de tiempo me conecta conmigo misma y me da la sensación de que me estoy priorizando. También me encanta escribir aquí, ver fotos de cosas bonitas, leer o hablar un buen rato con mi pareja. Todo vale para olvidarse del trabajo y de las neuras varias.

Creo que es el resumen perfecto. Cuidarse en todos los sentidos aunque estemos hostilizadas… ¡a ver si me aplico el cuento!

¡Feliz semana!

 

CÓMO COMBATIR LA CARA-CADÁVER

Cara cadáver o caráver. Je-je. Es malísimo. Lo sé. Bueno, empiezo.

Conozco perfectamente esa sensación. He pasado gran parte de mi vida estresada, teniendo entregas cada semana, siendo evaluada y juzgada, a veces muy duramente, en el ámbito laboral, donde las expectativas eran altas y la competencia aún mayor. Sé lo que es estar con la cara (y el cuerpo) color calamar y tener las muñecas como de alambre, ambas cosas de lo mal que comes. De no tener tiempo para cuidarte a tope y para disfrutar de la vida, que creo que es la clave de la belleza total. De no tener descanso. En esa época, a veces me daba por ir al gimnasio como si no hubiera un mañana, pero eso no me hacia tener mejor cara, podía incluso adelgazar demasiado y quedarme con carita lacia y decaída.  De verdad, sé de lo que hablo cuando digo que ir a tope con la vida te deja hecha una pasa.

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Bueno, como adelanté la semana pasada, ahora mismo estoy pasando una etapa vital MUY estresante (aunque nada comparado con lo anterior) y está comprobado por la ciencia que ir por el mundo de los nervios, estar en el trabajo con miedo a que en cualquier momento nos la líen o, simplemente, no poder más con la vida, es nefasto para la belleza. Y para todo, en realidad, pero no quiero abrir melones más serios relacionados con enfermedades incurables. Vamos a centrarnos en estar guapas, mimarnos y sentirnos cuanto antes como diosas poderosas. Lo que estoy haciendo yo estos días para volver a sentirme bien PESE a que el ambiente sea hostil nivel batalla de Stalingrado. Creo que no hay recetas mágicas, como en nada, así que os voy a contar qué hago yo cuando paso una racha terrible y quiero que mi cara vuelva a ser mi cara.

Normalmente abordo la cuestión en varios frentes. En primer lugar, siendo estricta con la limpieza nocturna y usando mis retinoles y demás parafernalia de la rutina de noche. Mucha mucha hidratación pastosa de la que me gusta, ácidos…. Esto me permite ver resultados por la mañana, la cara algo más uniforme y jugosa, pero sí, soy consciente, hay que superar la perecita de desmaquillarse. El truco para esto es encontrar un desmaquillante que te motive MUCHO. Yo lo encontré hace poco. La clave es que te medio apetezca ese momento limpieza tras llegar rendida y de mala leche a casa, ¡estoy segura de que esto les cuesta hasta a las coreanas!

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Ni el mejor maquillaje del mundo es capaz de tapar unas ojeras marcadas y una cara apagada por el estrés, por lo que yo intento dormir bien. Para mí lo de dormir 8 horas es un imposible, pero al menos 7 horas de sueño, o seis y media (¡señor!). No liarse viendo series o programillas absurdos de la tele. Las miserias de otros no nos van a hacer sentir mejor (a veces sí, pero pocas, vale más dormir). Si la cabeza me da vueltas y vueltas, lo mejor es coger un libro de ficción aunque sólo lea medio párrafo antes de caer presa del agotamiento.

Y luego, para por la mañana, no te cortes en invertir en un productazo rollo prebase glowy. Soy muy cansina con la mía de Tata Harper, lo sé, pero es que me alucina. Tengo de Mac, de Dr. Hauschka, pero sin duda el de TH es mi favorito… Aunque hay más, como el Hollywood Filter de CT (no lo he probado, pero todo son loas y halagos, tiene pinta de que me gustaría mucho). Las opciones son infinitas y tentadoras. Me he vuelto asquerosamente exquisita con estos productos porque me parece que los barateros forman una capa raruna en la piel que no termina de fundirse…como un velo opaco que no se integra en la piel. Para darlo solo en puntos estratégicos rollo iluminador, algunos lowcost van muy bien (mis favoritos son los de L’oreal y los de Catrice),  pero reconozco que al final acabo prefiriendo los más pijines. Si dudáis en hacer la inversión, pensad que duran MUCHO. Yo uso un pump para todo el rostro (hablemos en términos adecuados, ROSTRO, nada de ca-re-to) y me duran como un año… ¿¡Cuántas cenas de empresa habéis pagado que son igual de caras que uno de esos botes de luz!?. ¿Y cuánto contribuyeron a vuestro bienestar…? Pues eso.

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Y a mí me iluminó mucho este vídeo de Lisa Eldridge. Es muy antiguo, pero trata muy bien de cómo disimular con el maquillaje La Mala Cara por excelencia, la peor de todas, la de cuando te han dejado. Da muy buenos trucos. Yo, por mi parte, intento no pasarme de creativa con las sombras (nada de colores rojizos, me da igual lo que digan Natasha Denona o los de Urban Decay), ahumar el ojo elevándolo usando siempre colores naturales y, sobre todo, trabajar con cosas tipo colorete, bronzer… Todas esas sutilidades que te dan un poco de alegría, siempre que las uses en poca cantidad, que se aprecie ese súper (fake) glow que sale de tus poros.

Quería hablar de muchas cosas más, pero está quedando un post muy largo, prefiero dividirlos. ¡Que paséis buena semana!

 

EFECTOS DEL ESTRÉS (O POR QUÉ TENGO CARA DE MUERTA)

Últimamente llevo una rachita muy intensa en el trabajo, de mucho estrés, vaya. Y me está afectando, como no podía ser menos. Yo antes pensaba que esto eran chorradas o cuentitis: me costaba mucho imaginar quién sería tan aplicado para verse tocado en lo personal por cualquier cosa que tuviera lugar en el trabajo. Total, apagas el ordenador, te vas a tu casa y te olvidas, ¿no?. De hecho,  lo lógico es desconectar cuando sales de la oficina y dedicarte a tus cosas. PUES NO. El stress nos afecta  y muuuucho, incluso después de salir del trabajo. Los efectos pueden ser nefastos a todos los niveles. Como no me quiero poner dramática ni entrar en temas MUY serios, como son la depresión o el conocido como efecto burn-out, vamos a limitarnos a los efectos nocivos del estrés sobre la belleza. Cómo afecta el estrés a lo bien (o mal que nos vemos).

Idealmente, suponiendo que tengamos el coco en orden y consigamos que no nos trastoque la cabeza, este fenómeno se dejará notar tan solo en nuestro aspecto. De hecho, he leído que según algunos estudios, las personas sometidas a altos niveles de estrés pueden llegar a aparentar diez años más de los que tienen en realidad. Ostras. Que bueno, no es el fin del mundo, pero desde luego no vale mucho la pena dejarse los dineros en cremas, serums, tratamientos mil y en comer como diosas instagrammers, si de un plumazo acabamos con cara de zombies. ¡¡Y todo por el dichoso stress!!!

 

 

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Doy mucha pena vfiles.com

 

Empecemos por la piel. Muchos de los artículos que he leído hacen alusión a la proliferación de granos o al agravamiento del acné. Es una faena, pero no es lo que me noto yo, la verdad. En mi caso (piel secorra), se trataría más lo que los angloparlantes llaman dull skin: piel apagada, como engrosada, probablemente con arruguitas (o arrugazas: el ceño fruncido se marca con una facilidad inquietante). La cara se cae, ya que estamos tristes y apagadas, tenemos gesto serio que no favorece.  Lo que suele llamarse cara de acelga. Además, la falta de sueño remata el pack añadiendo ojeras, bolsas… Estamos hechas un cuadro flamenco, como diría una amiga.

Esto (a mi) me lleva a tomar mucho café, que en su justa medida es buenísimo, pero si abuso…uf. Terrible. Dientes amarillentos, ritmo cardiaco acelerado, dependencia… No es descartable tampoco que nos dé por comer cositas dulces para encontrar algo de consuelo rápido en la comida. Esto abre el bucle de los picos de azúcar, de la mala alimentación, del totalyaquémásda… Este hecho, además de ser malo per se, digamos que te quita las ganas de hacerlo bien, crees que necesitas premiarte por lo mal que lo estás pasando, que necesitas una mini recompensa, que te mereces/te has ganado comer mal… En fin, para qué seguir. Es un desastre.

Cuando ando estrenada suelo estar cansada, por lo que hay que olvidarse del deporte. El sofá me llama, me siento morir… pero encima duermo mal. Tengo cero ganas de cocinar sano, no siento la motivación. Lo que me lleva a comer basurillas o cosas preparadas. Digamos que me parece que cualquier debilidad que tengas se ve exacerbada: si fumas, fumas más; si te gusta el bebercio… pues en fin…

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Podemos añadir parece que el pelo se empobrece, ya que no es descartable que se nos caiga más cantidad, aunque yo esto no lo noto especialmente (¡y menos mal! ya es bastante lacio de por sí). A veces salen pupas (herpes) o puede ser que os mordisqueéis las pielecillas de los labios (yo lo hago), los padrastros…  Las manos, por supuesto,  van hechas un asco, porque además de morderme las uñas, me las levanto en capas (¡lo tengo todo!). Además de eso, en mi caso tengo un tic (TOC) bastante chungo que me afea muchísimo (un día hablaré de ello). No es lo de morderse las uñas, que también, es peor…

Pero… y ¿cómo lo solucionamos? Pues la verdad, estoy en ello, el próximo día os cuento qué estoy haciendo yo.

¿A vosotras también se os pone carita de muerta?

¿ ES NORMAL QUE TODOS LOS DÍAS ME DUELA LA TRIPA?

Atención, spoiler: NO.

Una de las cosas que más me molestan del mundo es estar hinchada (bueno,  a mi y a todos, imagino). No sentirme hinchada, sino ESTARLO. Nivel embarazo de 5 meses. Como me he pasado media vida así, pensando que era parte del proceso natural de digerir (como si la comida, una vez llegase al estómago, fuera como aquellos juguetes tamaño mini de cuando éramos pequeños, que los mojabas y se inflaban hasta alcanzar una talla gigante), yo no era muy consciente de lo mucho que me molestaba ser un zepelín. Era una consecuencia lógica de comer, casi. Además, salvo veces concretas, me solía ocurrir por la noche en casa: era hora de irse a dormir, momento en que, hecha una bolita bajo la manta, no era TAN molesto.

Ahora sé que esto no es normal. Si tenéis unas digestiones horribles, no cometáis el mismo error que yo, que consiste, básicamente, en pensar que los raros son esas personas supersensibles y con intolerancias rarunas y molestas, no nosotros, con nuestros dolores de tripa constantes. No. Es muy probable que si llevas toda tu vida hinchada o con diarrea, algo esté pasando en tu estómago, y ese algo no es muy bueno. Es gracioso. Cuando surgió el tema de mis intolerancias, varios amigos hicieron chanzas sobre que eran pamplinas totales y una forma bastante irritante de fastidiar un plan de “tapas compartidas”. Acabaron por olvidarse del tema y, como paulatinamente he ido reintroduciendo alimentos (salvo marisco y atún, que tampoco es algo de diario), ya no soy una amiga tan incómoda como durante los primeros días de intolerancia, en que no me aguantaba ni yo.

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Como ya conté,  hace poco estuve de viaje con amigos, pero esta vez tenía claras algunas cosas que ya sí que no tomo nunca estando en casa (como la leche de vaca). Iba a comprar mis propios productos. Esto supuso que, aunque hiciera compra compartida, si ellos iban a comprar sus croissants rellenos de chocolate (brrrrr), yo iba a comprar mi leche de soja por narices (a falta de la deliciosa leche de nuez, que es mi favorita). No hubo problema. Pero, dando vueltas por el monopolio supermercado donde hacíamos la compra, una amiga volvió a darme un poquito la tabarra: Pero a ver, ¿qué síntomas de intolerancia tienes? ¿Qué te pasa si comes eso que te sienta mal? (todo con un tono un poco de hija, qué exagerada eres, no es para tanto…). Cuando se lo dije (básicamente, digestiones horribles, explosiones en el estómago y dolor) le cambió un poco el gesto y me dijo: uy, pues… ¿crees que mis diarreas épicasconstantes podrían ser porque algo me esté sentando mal? Quizá haya algo que me produzca intolerancia… Y vi en su cara la cara que yo puse cuando, por primera vez, una amiga me dijo que era intolerante a algo. Algo hizo click. Luego pasamos las dos unos días un poco terribles, con la tripa hinchada. Ella, vete tú a saber por qué; yo, ya os conté que me volví loca al estar de vacaciones… Mi pan de centeno me parecía un trozo cartón cero apetecible y lo hice mal esos días…

La verdad es que no sé si finalmente se hará algún tipo de prueba o si seguirá, como hice yo, comiendo lo que le apetece sin querer saber, de verdad, qué es lo que pasa. No la culpo, nadie quiere amargarse. El tema es que creo que la información es poder, aquí y en cualquier ámbito de la vida. Saber lo que te sienta mal te da una poderosa información que no tenías (bueno, sí tenías, en forma de retortijones y dolores sin fin, pero no querías hacerle caso). Saber qué te sienta mal ayuda a tomar mejores decisiones y a planificar cuándo queremos meter la pata y cuándo no. ¿Merece la pena comerse una tostada de trigo al tuntún habiendo opciones más aptas para tu estómago? Quizá sea mejor reservar tu flora bacteriana, que está en modo secarral, para esa pizza/bollo tan rico y que tanto te mereces en una fecha señalada, ¿no?, una vez hayas repoblado tu intestino.

Si os molesta la tripa y sospecháis que “algo hay”, no dejéis de informaros por las pruebas sobre intolerancia. ¡Probad y me decís!

 

¿POR QUÉ CUIDARSE?

El otro día estaba yo muy ufana en la oficina departiendo con mi compañero de despacho sobre las sorpresas y sinsabores que nos podría deparar nuestro trabajo. Estábamos totalmente apasionados, abstraídos y extasiados cuando, de repente, a mi compañero le cambió la cara y me dijo algo como: ¡qué asco das! Siempre comes TAN sano…. Claro, yo había sacado mi tupper con ensalada completa (ñiñiñi) y un zumo de alcachofa (esto es de súper, y sospecho que no es tan sano como yo quiero creer, pero está demasiado bueno como investigar qué contiene, al menos de momento…) y él, que normalmente come algo tipo espaguetti o YateKomos, sintió ganas de asesinarme por ser tan Doña Perfecta (todo en plan metáfora).

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Las modelos de VS no preparan tupper

 

Et bien… ¿Cómo os explico? Mi colega tiene como 25 años, está jovencísimo, lozanísimo y hace como 20 horas de crossfit a la semana. NO ENTIENDE que me guste comer tan sano entre semana . Aquí pasé a explicarle en modo mami: pequeño saltamontes, tú ahora eres joven, llegará un momento en que tus digestiones no serán tan buenas, tu metabolismo se ralentizará y tus resacas durarán medio año. Le dio bastante igual y siguió mirándome  con desaprobación, negando con la cabeza (luego saqué el chocolate negro en plan “soy súper canalla yo también, no creas”, pero mi imagen ya se había visto comprometida).

Pues mira, yo no le voy a dar la chapa al muchacho porque no procede, pero realmente creo que comer sano es MUY IMPORTANTE. A ver, no nos volvamos locos, evidentemente no pasa nada por hacer excepciones, darse caprichos y demás, pero hay cosas de fondo, como abusar de las harinas refinadas, las grasas chungas y el azúcar que, de verdad, creo que son seriamente malísimas para la salud. El problema es que, en mi opinión, las personas nos solemos dar demasiados caprichos culinarios e infravaloramos el aporte calórico de lo que comemos. El otro día estaba curioseando en el supermercado unas galletas gochísimas y cada galleta contenía unas 120 calorías. Eso podría ser casi el 10% del total de calorías de una persona que quiera adelgazar. UNA GALLETA. Y luego, además, es que la caja de galletas está llena, pero llena, de basuras varias que no sé ni lo que son (o que, desgraciadamente, sí lo sé: aceite de palma y grasas hidrogenadas).

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Esto no va, en absoluto, de engordar/adelgazar/celulitis o cualquier aspecto más o menos superfluo del aspecto físico (en tanto estemos sanas, por supuesto). Es que creo que hay cosas que son verdaderos venenos para el cuerpo y que, cuanto menos las tomemos, mucho mejor. Y ya si quieres perder peso, apaga y vámonos: no te engañes con pseudo barritas sustitutivas (¿qué narices lleva eso?) o con “comer solo un trocito”. En serio, ya lo sabemos todos, no es nada nuevo: hay que evitar al máximo la basura que no alimenta y que, encima, te deja híper hambriento. Es una pena haberme dado cuenta de esto ahora y no hace años, cuando me empeñaba en comer productos light para compensar las galletitas, las pizzas varias o los helados a cholón que me metía fijándome solo en las calorías y obsesionándome con compensar. Las calorías dan absolutamente igual.

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¿Hay que hacerlo todo siempre bien? Mi filosofía (me repito más que el ajo) es que no, ya que es muy difícil y desgasta nuestra exigua fuerza de voluntad, pero conviene elegir bien nuestros pecados para que la penitencia no sea excesiva (yo y mis círculos virtuosos de hacerlo bien a partir del lunes, jiji). Mi compañero, por ejemplo, no ve que yo, los fines de semana, me harto de comer pizza (por decir algo), compro los mejores y más grasientos quesos que veo en el mercado, el pan más gocho y denso que encuentro y que lo riego siempre con un buen vino. No ve si me tomo un delicioso postre casero o si me tomo un gintonic con mis amigas. O si me voy de vermuts alegremente y a discreción. No lo ve porque eso no es lo que hago la mayor parte del tiempo durante mi rutina espartana de entresemana. Él cree que soy doña Perfecta, la del tupper verdoso y la comida aburrida. Nada más lejos…

Lo que tampoco ve, por cierto, es que, poco a poco, él también dejará de tolerar tan bien toda la basura que se mete al cuerpo. No os dejéis engañar: comer sano, cuidarse, merece muchísimo la pena. Estáis preparando vuestra salud del futuro.