POR QUÉ TIENES QUE COMER COMO TU NOVIO

Hace eones (voy a decir que 15 años, pero perfectamente podrían ser 20, y esto da muchísimo miedo) leí un articulillo en Glamour UK que me impactó. No sé si leíais hace años esta revista, era excelente, yo la leía en plan guilty pleasure, justificándome con que así mejoraba mi inglés. Eso explica porqué ahora sé describir un pintalabios o un pantalón bombacho, pero soy incapaz de explicarle a un operario qué problema tengo con la tubería del baño, bastante más necesario para subsistir. En fin. #Sesgodegénerosince1998. Me estoy liando. Era una revista femenina interesante y (para mi gusto) mejor hecha que las que teníamos aquí.

Entre los millones de chorriarticulos que leí, y que probablemente cortocircuitaron mi sistema para siempre, hubo uno del que todavía me acuerdo por lo acertado que me pareció. Se llamaba “Come como tu novio” o algo así. Explicaba cosas que ahora son una evidencia nutricional y que todas sabemos, pero oye, lo contaba con gracia. Me sentí súper identificada y vi que era una tónica que YO ESTABA REPITIENDO y que, efectivamente, era bastante nefasta para la dieta. Quizá a vosotras también os pase. Estos eran los fallos de los que recuerdo que hablaban.

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No pedir comida contundente (o comida real): típica escena. Vas un viernes a cenar con tu pareja (o con quien sea) a una hamburguesería pero tú estás en modo “me quiero cuidar”. Él se pide una macro hamburguesa y tú una triste ensalada César. Lo pides casi con orgullo, que todos vean lo sana que eres (y lo gocho que es tu novio a tu lado). Aquí pasan dos cosas chungas. Una, como eres tan sana, tan sacrificada y tan super healthy, para compensarlo y premiarte, no te parece mal pedir unos aros de cebolla como entrante (más verdura, ¿no?). Sientes que puedes comerlos porque la ensalada los compensa, claroquesiguapi: más grasaza. Y dos, cuando llega tu ensalada, baia, baia, resulta que no es tan sana: kilos de pseudoparmesano en polvo por encima, trozados de pollo rebozado y frito, salsa de 300 calorías para darle sabor y unos trocitos de “pan” tostado por encima. Eso sí, las hojas mustias de lechuga iceberg que flotan en la salsa son verdura, por lo que sigues siendo técnicamente una santa-mártir nutricionalmente hablando. Pero lo que va a pasar, amiga, es que estarás comiendo basura igualmente. Hubiera sido mejor opción haberte pedido una hamburguesa (o lo que sea que de verdad te apeteciera), saciarte bien (la carne sacia bastante, en una hamburgueseria rara vez me acabo las patatas, por ejemplo) y al menos sería proteína, que te mantendría saciada muchísimo más tiempo. Esto evitaría el segundo punto…

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Tomar postre: muchas veces he observado que los tíos pasan del postre. A ver, es una generalización, hay hombres golosos, pero normalmente, comiendo fuera en grupo, las que hacen fuerza para pedir un postre compartido suelen ser las mujeres (o mis amigas, por si esto solo me pasa a mí y estoy siendo ofensiva). Quizá porque ellos comen mucho más de los platos principales o porque no tengan esa necesidad de dulce, no lo sé. En cuanto a nosotras, puede ser porque la ligera ensalada de antes no nos ha saciado (lo mas probable) o porque hayamos hecho esa magia mental de compensarnos a nosotras mismas por haberlo hecho bien cenando verdura. El caso es que quieres postre. En cambio, si una pide un plato grande y lo come entero, sin privaciones, muchas veces no quedan ganas para meter ese extra de dulce. Haced la prueba.  Cuando me digo a mi misma: hoy me ceno la pizzaca esa que me encanta, y me la como toda, no “un trocito” haciéndome la lánguida, suelo quedarme petada y satisfecha. No hay necesidad de “dejar huequito” para ningún postre porque es que ni me lo planteo.

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Llévame de aquí a mis vacaciones, gracias.

Picotear entre horas sin ton ni son: no sé cómo funciona esto, pero es algo que veo con bastante frecuencia. Yo siempre picoteo MUCHO más que mi pareja. Si vamos al cine, yo quiero palomitas grandes y estar a pienso toooooda la película. Si vamos de viaje, la que quiere comprar dos bolsas de patatas fritas soy yo, y yo soy quien se las come casi enteras. Igual él pica algunas, sí, pero llega un punto en que “sanamente” dice que ya no quiere más (odioso, lo sé). A mí lo de no querer más patatas fritas (o doritos, o bocabits o cualquier guardada de esas) no me ha pasado en la vida. Si tengo delante una bolsa, me la como, tengo que acabarla sí o sí. Igual esto tiene mucho que ver con comer por aburrimiento o con el emocional eating, no lo sé, pero es así. Luego, cuando llegamos al destino, o cuando paramos a comer, mi pareja se pide un filete de ternera con patatas (o un pepito, da igual, comida de verdad, me refiero). Y se la come felizmente mientras yo no como nada porque “estoy llena” (aunque ese estar llena sea básicamente haber comido puras grasas trans y mierda de cero aporte nutricional). Al rato, por supuesto, vuelvo a tener ganas de picotear cualquier cosa. Y así, el bucle sin fin.

Seguramente el artículo contaba más cosas, pero era todo en esta línea. ¿Qué pensáis? A mi me da la sensación de que ellos tienen una relación mas normalizada con la comida, también porque no están sometidos (o no lo estaban, hasta hace poco) a taaaaanta presión por el físico; pero creo que sí, que sienten menos culpa, por no decir ninguna, con el tema de la comida/excesos, lo cual les lleva a una menor ansiedad por comer, LO CUAL LLEVA A COMER MEJOR, francamente. Y si comen mal, pues no les veo torturarse tanto. De hecho, haced este experimento: poned en el buscador “women eating” y “men eating” y comparad las imágenes. Me parece muy esclarecedor y hablan por sí solas.

Resumiendo, y al margen de “los novios”: es mejor comer lo que te apetezca que tratar de engañar a tu cerebro con pseudo tretas que solo te llevan a fustigarte y a acabar comiendo lo mismo a nivel calórico pero seguramente mucho peor a nivel nutricional. Si te apetece un capricho dátelo y sigue adelante con tu vida. Compénsalo con deporte o, sinceramente, no te tortures y no piense en compensarlo: disfrútalo y punto.

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