SINFUL EATING

Estoy recapitulando un poco, ahora que ya es casi mitad de octubre, qué es lo que he estado haciendo mal últimamente. Porque, la verdad, me encuentro algo peor del estómago. Después de portarme como una santa al principio, empecé a relajarme con ciertos aspectos de la dieta. Inicialmente de forma muy, MUY excepcional, y luego con mayor frecuencia. Lo he notado mucho. Estoy hinchada, dolorida y, de verdad, con menos energía. Desde hace unos días estoy analizando mis puntos débiles y viendo porqué fallo y qué puedo hacer para remediarlo.

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En primer lugar me fallan los desayunos. Más bien los almuerzos, porque en casa desayuno perfectamente. Es al llegar la media mañana cuando siento un hambre loca y, claro, donde voy a desayunar solo tienen bollería o tostadas con tomate. Y muchos días, no todos, pero igual dos a la semana, acabo pidiendo tostadas. Luego por supuesto estoy somnolienta y con dolor de tripa. Pero, ¿qué opción tengo? A veces tomo tortilla de patata o pido tortilla francesa, pero tampoco es plan de estar cinco días  a la semana poniéndome hasta arriba de tortilla. No sé, de verdad, qué puedo desayunar. Hoy he pedido tortilla francesa, pero me han cobrado como si hubiera hecho brunch en el Hotel Palace, y me da rrrrabia. Tampoco ayuda que no tengan leche de soja en muchos sitios, aunque en realidad he optado por pedir té con limón en esas ocasiones. A veces, si se me olvida mi edulcorante, tomo azúcar, aunque tampoco me gusta, creo que no me sienta bien.

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El atún y el marisco no me ha costado nada eliminarlo (bueno, nada, nada, tampoco). Pero por ejemplo, tomé calamares sin saber que son moluscos (vamos, que no caí) y la tripa me explotó a la media hora. A veces se me olvida comprobar si lo que como es o no algo que me sienta mal, una vez fui a un bar y pedí café con leche sin más. Me lo tomé alegremente y sólo al rato me acordé de lo de la leche de vaca. Too late. Es como que no termino de integrar 100% las cosas que quiero-debo quitar de mi dieta.

Tampoco ayuda que no se me tome muy en serio. Si voy a casa de mis padres a comer, lo de las intolerancias les suena a chino y preparan paella de marisco y salmorejo con bien de pan. De postre helado o yogur.  Al final, obviamente por no hacer el feo (y porque me encanta la paella y el salmorejo), me lo como, pero todo eso se acumula en mi intestino y me da la tardecita. Que mis amigos me cuestionen me molesta. Ojo, que no quiero echar balones fuera, al final la responsable de lo que como soy yo, pero me da rabia tener que dar explicaciones o justificarme o que me digan “qué chorrada, lo llevas comiendo toda la vida”. Claro, y por eso he vivido toda mi vida digiriendo de pena. No quiero ser perfecta de repente, y tengo momentos en que conscientemente digo “vale, hoy me lo puedo permitir”, pero hay otros en que simplemente quiero hacerlo bien y no se me ocurre cómo sin morir de hambre. Qué rabiaaaa.

Como digo, no se trata de ser perfecta de repente, simplemente hacer aquello que me resulta más fácil: evitar el trigo (básicamente pan y pasta), evitar bebidas carbonatadas y cerveza (me lo especificaron donde me hice las pruebas), no tomar maíz y, si puedo, eliminar el azúcar blanco de dudosos orígenes ni leche de vaca.

 

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